Esta semana se ha estrenado en HBO Max la serie documental ‘Ultras: Pasión y muerte’, una producción de DADÁ Films, Factoría Henneo y Producciones del KO que aborda el origen, la evolución y las consecuencias del movimiento ultra en el fútbol español. La serie consta de tres episodios de unos 45 minutos y reconstruye algunos de los episodios más graves protagonizados por grupos radicales en torno al fútbol, entre ellos el caso Jimmy, el crimen de Aitor Zabaleta y el asesinato de Frederic Rouquier, aficionado del RCD Espanyol muerto en Barcelona a manos de miembros de los Boixos Nois.
El primer capítulo se centra en Frederic Rouquier
El primer episodio, titulado ‘Uno de los nuestros’, tiene como eje principal la figura de Frederic François Rouquier, joven francés de 20 años asesinado el 13 de enero de 1991 tras un partido entre el Espanyol y el Sporting de Gijón en Sarrià. El documental no se limita a reconstruir el crimen: también intenta explicar el clima de violencia que rodeaba aquella Barcelona previa a los Juegos Olímpicos, la rivalidad entre Boixos Nois y Brigadas Blanquiazules y la responsabilidad de unos clubes que durante años dieron espacio, apoyo logístico o tolerancia a grupos que terminaron actuando como estructuras violentas.
Una muerte tras un Espanyol – Sporting
La periodista Blanca Cía, de El País, abre el relato recordando como “el 13 de enero de 1991, al terminar un partido entre el Español y el Sporting de Gijón en Barcelona, tuvo lugar un asesinato”. La agresión se produjo en los alrededores de Sarrià poco después del final del encuentro. Cía lo sitúa así: “La agresión de Rouqier se produjo al cabo de no demasiado tiempo de que acabase el partido del Espanyol con el Sporting”. Aquella noche, cinco radicales vinculados a los Boixos Nois se desplazaron desde Gràcia hacia el entorno del campo del Espanyol. No iban a animar. Iban a buscar una venganza.
El testimonio policial: dos jóvenes atacados con arma blanca
El ex responsable de Homicidios de la Policía Nacional José J. Pérez recuerda en la serie cómo se activó la investigación: “En el asunto de Rouquier nos encontramos con una situación que recibimos como venía siendo el protocolo habitual”. Después añade: “Esa llamada se transmite a la brigada de policía judicial, a un servicio que teníamos de guardia” y “Entonces dos compañeros del grupo de homicidio se desplazan al lugar de los hechos”. La escena que encontraron era devastadora: “Dos jóvenes habían resultado agredidos y uno de ellos había fallecido y el otro estaba ingresado con heridas de arma blanca graves”. Según su relato, “Se había asaltado un grupo de gente joven con puñetazos, patadas y finalmente fueron apuñalados”.
Una figura rodeada de misterio
Uno de los elementos más delicados del documental es la propia figura de Frederic Rouquier. No era un nombre muy conocido dentro del espanyolismo, y precisamente por eso su historia quedó envuelta en una cierta niebla. Toni Padilla, periodista e historiador, lo expresa así: “La figura de Frederic Rouquierr es como muy misteriosa, queda un poquito la sensación que estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado”. También recuerda que “Se ha hablado mucho sobre si tenía vinculación o no con Brigadas, que a raíz de ahí había conocido gente que estaba ahí o para captar o porque lo habían invitado”. Pero el dato central no cambia: Frèderic Rouquier fue la primera víctima mortal de la violencia organizada en el fútbol español.
“Era uno de los nuestros”
Robert Hernando, ex consejero, escritor y activista perico, ayuda a acercarse a la persona que había detrás del nombre. En el documental explica que “Frederic Rouquier era un joven francés de 20 años originario de Perpignan que vino a probar suerte a Barcelona”. También recuerda que “él trabajaba en una tienda donde se vendía ropa de estética skin” y que era “simpatizante del Frente Nacional en Francia”. Su conexión con el Espanyol llegó a través de amistades vinculadas al fútbol: “Fue forjando unas amistades que eran ir al fútbol y animar al Espanyol. Era uno de los nuestros. Uno di noi”.
El recuerdo desde Brigadas Blanquiazules
Un ex miembro de Brigadas Blanquiazules recuerda el impacto de la noticia: “Oímos por la radio que lo han matado”. Y añade: “Y dije esto es imposible”. Su descripción de Rouquier muestra a un joven todavía en proceso de integración en aquel entorno: “Yo conocí a Frederic, era un chaval joven, que tenía un trabajo aquí, no sabemos de dónde salió, no sabíamos nada, pero venía con nosotros y venía al fútbol”. Después remata con una frase muy dura por su frialdad: “Él estaba en una fase, como si dijéramos, de incorporación. Y lo mataron y ya está”.
Barcelona, los años 80 y una violencia normalizada
La serie sitúa el crimen en una época marcada por una violencia callejera mucho más visible y tolerada que hoy. Padilla explica que “cuando se habla de la violencia en el fútbol, se cuenta mucho a partir, sobre todo, de los años 80, en una sociedad más violenta que normalizaba las peleas y el fútbol era extremadamente violento”. También recuerda que “Era muy normal ver a gente que de repente se volvía loca y lanzaba una piedra contra el árbitro, saltaba al terreno de juego”. Barcelona se preparaba para enseñar al mundo una imagen moderna con los Juegos Olímpicos de 1992, pero en la calle convivían otras realidades mucho más oscuras.
El Mundial del 82 y la llegada del modelo hooligan
El documental mira hacia el Mundial de 1982 como uno de los momentos que marcaron la entrada del fenómeno hooligan en España. Padilla recuerda que “el Mundial del 82, es esa presentación en sociedad a lo grande, sobre todo de los hooligans ingleses que juegan la primera fase en el País Vasco y es ese primer partido en San Mamés, ese Inglaterra-Francia, pues provocará un impacto en las ciudades donde están”. Una periodista de El País lo resume con claridad: “El fenómeno hooliganista venía de fuera y de alguna manera España lo adoptó y los grandes equipos de fútbol pues lo copiaron”. La frase siguiente resulta todavía más inquietante: “Lo que tocaba en aquel momento era ser violento”.
Los fondos como espacio de identidad
Carles Viñas, autor del libro Ultras, analiza el nacimiento de estos grupos como parte de una generación que buscaba identidad y pertenencia: “Una transición que estaba finalizando, ¿no?”. Después añade: “Es una generación que quiere recrear o construir una identidad diferente de la de sus padres. Y un espacio donde esto se puede concretar es en los fondos de los estadios de fútbol”. Aquellos fondos se convirtieron en lugares de afirmación, pero también de radicalización. Un ex Brigada lo expresa desde dentro: “El fútbol se utilizó como arma porque claro, al final el trampolín del fútbol no lo tiene nadie”.
El papel del Barça y los privilegios a los Boixos Nois
Uno de los aspectos más relevantes del episodio es la relación entre el FC Barcelona y los Boixos Nois durante aquellos años. La serie recoge testimonios que muestran cómo ciertos grupos ultras recibían apoyo o ventajas de los clubes, bajo la excusa de la animación. Un ex miembro de Boixos afirma: “Entré en Boixos Nois en el año 1983. Nosotros defendíamos al Barça y a Catalunya”. Luego añade: “Con Núñez, al principio, no fueron buenas relaciones. Pero después acabamos reconociendo que fue el mejor presidente que tuvimos”. La frase más grave llega después: “Si nosotros hacíamos lo que nos decía la directiva, teníamos un tanto a nuestro favor”. Y señala directamente a Joan Gaspart: “El que siempre nos ha apoyado ha sido Joan Gaspart. Joan Gaspart es de los Boixos Nois”.
Gaspart y la normalización de aquellos grupos
El propio Joan Gaspart interviene en el documental y explica cómo se miraba entonces a aquellos jóvenes desde dentro del club. “Yo he sido, durante muchísimos años, directivo del Barça, 20 y pico de años”, afirma. Después reconoce su propia manera de vivir los partidos: “Yo no he aguantado los partidos. Me iba del campo, a dar una vuelta por el campo”. Y justifica el acercamiento inicial a aquellos grupos en clave de animación: “Entonces yo pensé que teníamos que encontrar a jóvenes que, como yo, estén un poco chiflados y que nos pasemos todo el partido chillando”. El problema, visto con la perspectiva de los años, es evidente: muchos de aquellos jóvenes no eran solo aficionados intensos. Algunos formaban parte de grupos violentos que terminaron cometiendo delitos muy graves.
Entradas, autobuses y espacios dentro del club
El documental también recoge el relato de un ex Boixos sobre las ventajas que recibían: “Nos daban ventajas para nosotros”. Y concreta cómo funcionaban algunos desplazamientos: “En algún desplazamiento, por ejemplo, que me voy a ir a Lisboa. ¿Cuántos vais? Ibas y te daban la entrada”. También explica la organización de viajes: “Incluso teníamos alguna compañía de autobuses que necesitamos dos autobuses o tres para ir a tal sitio. Nos encargábamos, hacían números y ya estaba”. Gaspart reconoce otra facilidad: “El club les dejó un cuarto para dejar las banderas y el bombo”. Y después añade: “Pero después esto, desgraciadamente, se fue derivando”. Esa derivada acabó siendo violencia, amenazas y muerte.
De grupo de animación a estructura violenta
La serie evita presentar el fenómeno ultra como una simple cuestión de fútbol. Los testimonios muestran grupos con jerarquías, códigos internos, estética propia y disposición a la violencia. El criminólogo Joan Caballero explica que “estos grupos te ofrecen lo que diríamos como una especie de superpack”. Para un joven, entrar ahí significaba pertenecer a algo: “Una persona muy joven necesita posicionarse en el mundo, necesita buscar su yo”. Pero el precio era asumir el paquete completo: “Tienes que aceptar todo, el discurso, la violencia. Si no lo aceptas, te quedas fuera”. Un ex Brigada lo compara con una estructura cerrada: “No te voy a hablar de sectas, pero se podría parecer”.
Boixos y Brigadas, una rivalidad llevada a la calle
Viñas describe cómo la rivalidad deportiva entre Barça y Espanyol se trasladó a los grupos radicales: “En Barcelona, la principal rivalidad es Barça-Espanyol”. Y concreta: “Eso se traduce, en términos de grupos radicales, a inicios de los 80, cuando aparecen los Boixos Nois en el Barça. Y luego las Brigadas Blanquiazules en español”. Según su análisis, “son dos grupos inicialmente antagónicos”. La ciudad terminó convertida en un escenario de enfrentamientos. Padilla lo resume con una frase muy clara: “Cada noche hay batallas”.
La estética skin y el miedo en la calle
El documental también muestra la expansión de la estética skinhead y su carga ideológica en una parte de estos grupos. Blanca Cía recuerda que “la violencia que ejercían muchas veces era completamente imposible de prever”. Y añade que “la tómbola de ser víctima era muy amplia”. Hernando explica que “en Barcelona era súper habitual ver por las calles gente con estética skin”. Viñas lo lleva a una imagen muy concreta: “Si encontrabas con alguien por la calle con una cabeza rapada, con botas, chaqueta bomber, pues, seguramente, lo mejor es cambiar de acera o irte para otro lado si querías evitar problemas”. El miedo no era una sensación inventada. Era una realidad cotidiana.
El antecedente de Sergi Segarra y la venganza
El asesinato de Rouquier se produjo después de un episodio previo: la agresión a Sergi Segarra, alias Draculín, miembro de Boixos Nois. Blanca Cía explica que “en diciembre del año 1990 hubo una agresión que fue casi mortal a un Boix Noi que se llamaba Sergi Segarra que estaba parado en una parada de autobús del barrio de Gracia de Barcelona junto con otros amigos suyos que también eran Boixos”. José J. Pérez recuerda que aquella agresión apuntaba hacia los radicales pericos: “Apuntaba a que podían ser un grupo de Brigadas Blanquiazules”. Y reconoce el temor policial: “Y claro, nuestro pensamiento estaba ahí de que un día va a haber un muerto”.
“Preparan su venganza”
Padilla reconstruye el paso previo al crimen: “Se va fraguando la venganza de Boixos Nois”. Según explica, “creen que es el momento de demostrar que las cosas están cambiando. Preparan su venganza”. Y concreta el desplazamiento de los agresores: “Cinco de ellos se van de Gracia hacia Sarría a rondar a ver si encuentran aficionados del Espanyol y si pueden ser Brigadas. Y encuentran a dos”. Cía completa la escena: “Frederic Ruquier y Arboleas iban caminando por el entorno del antiguo campo del Espanyol. En aquel momento salieron cuatro ocupantes y luego el quinto”. Padilla resume el ataque: “Los persiguen, los dan una paliza. Uno de ellos al sacar un cuchillo acabará con la vida de Frederic Rouquier”.
El informe forense y la crudeza del asesinato
El forense Luis Borrás detalla las heridas que sufrió Rouquier. Su intervención es una de las más duras del capítulo: “Rouquier tenía tres heridas”. La primera, en la mano, fue defensiva: “La primera herida estaba en el quinto dedo, que es el dedo pequeño de la mano izquierda”. Borrás explica que el ataque iba dirigido al pecho: “le tiraron un cuchillo de montaña, que es un cuchillo de unas ciertas dimensiones y él, según eso, lo tiraron seguramente para matarlo en el pecho”. Rouquier intentó protegerse: “Él puso la mano delante y el cuchillo le atravesó el dedo y se llevó una parte del hueso y del músculo”. Después llegaron las dos heridas mortales: “El agresor le asestó dos puñaladas más”. Y concluye: “estas dos, tanto esta como esta, como pincharon el corazón, eran mortales de necesidad”.
El Ford Fiesta rojo y la detención de los autores
La investigación avanzó gracias a un testigo que anotó una matrícula. Blanca Cía recuerda que “Después de la agresión con Rouquier fallecido en el suelo, completamente inmóvil, porque no reaccionó en ningún momento, la policía se puso en marcha porque un testigo había tomado la matrícula del Ford Fiesta rojo”. José J. Pérez explica que esa pista fue decisiva: “Los datos que teníamos de la matrícula en principio nos llevó a una casa de compraventa y la casa de compraventa del vehículo nos llevó al propietario que entonces era un joven”. El propietario reconoció los hechos y dio datos del resto: “Se le tomó declaración, reconoció su participación en los hechos, nos dio datos para poder identificar al resto de acompañantes”. Todos tenían el mismo vínculo: “Todos eran aficionados del FC Barcelona e integrantes e integrantes de los Boixos Nois”.
La causa judicial y la responsabilidad de los clubes
Tras el crimen, la presión institucional también señaló a los clubes. Cía explica que “la policía, y sobre todo el gobernador civil, demandó responsabilidades a los clubes porque, de alguna manera, se les señalaba porque habían permitido este in crescendo de la violencia”. Era una forma de exigir que las directivas dejaran de mirar a otro lado: “Era un intento de obligar a las directivas a tomar cartas en el asunto”. El abogado Juan Carlos Zayas, defensor de los condenados, recuerda que “El Barça acaba citado en esta causa, y el señor Núñez acaba viniendo a declarar aquí como testigo”. Según Zayas, “Núñez era una persona inteligente, y el despistado se lo hacía muy bien”. Demasiado con tal de quitarse responsabilidades de encima…
“Esto es como una guerra”
Zayas recuerda que los acusados estuvieron en prisión preventiva hasta el juicio y que su entorno se sorprendía de que no hubieran salido antes: “Venían conocidos, amigos de los Boixos, casi un poco sorprendidos de que no estuvieran en la calle, de que no les hubieran dado la libertad”. Él les respondía recordando la gravedad de los hechos: “hay una persona herida y hay una persona fallecida”. La respuesta de los acusados retrata el clima mental de aquellos grupos: “Esto es como una guerra, o tú matas o te pueden matar”. Es una frase brutal, porque elimina cualquier rastro de fútbol. Solo queda violencia.
La sentencia y el giro del Supremo
La Audiencia de Barcelona condenó inicialmente a los acusados por homicidio y lesiones. La sentencia fue recurrida. Cía recuerda que “La sentencia de la Audiencia de Barcelona fue recurrida por todos”. El fiscal insistía en que debía calificarse como asesinato: “Recurrió el fiscal porque insistían que se trataba de un asesinato”. Zayas resume el giro posterior: “Total, que nos vamos todos al Supremo”. Y explica: “Esta sentencia que venía de Barcelona con una condena de homicidio se transformó en un asesinato con una pena infinitamente más grave de la que había impuesto la sección segunda aquí en Barcelona”. Cía recuerda la clave del alto tribunal: “El Tribunal Supremo entendió que todos, en aquel Ford Fiesta, iban a lo que iban. Con ánimo no de dar una paliza, sino un ánimo declarado de matar”.
Un castigo que marcó un antes y un después
El Supremo elevó las penas hasta los 140 años de cárcel y calificó los hechos como asesinato con alevosía. Zayas interpreta aquella resolución como un punto de inflexión: “Esta sentencia fue un punto de partida de decir vamos a mantener un criterio duro con estos temas para acabar con este tipo de violencia”. Aquella decisión judicial no borró el dolor ni terminó de golpe con la violencia ultra, pero sí mandó un mensaje que hasta entonces no había sido tan claro: la violencia organizada en torno al fútbol no podía seguir tratándose como una pelea más entre radicales.
La autocrítica tardía de Gaspart
Gaspart deja en la serie una reflexión mirando hacia atrás: “¿De qué me arrepiento? De no haber visto que la sociedad podía cambiar y que en aquel momento no había riesgos porque el único que íbamos al campo a chillar podía un día convertirse en que esos miembros o esas personas que estaban involucradas o dentro de ese grupo pudieran hacer actos negativos”. Es una autocrítica tardía, pero significativa. Porque el problema no fue solo no preverlo. El problema fue haber dado espacio y legitimidad a grupos que, con el tiempo, demostraron que no eran simples peñas de animación.
La ruptura llegó muchos años después
La convivencia entre los Boixos Nois y la estructura del Barça no se rompió de verdad hasta 2003, cuando Joan Laporta decidió cortar sus privilegios. La serie recuerda que esa política de tolerancia cero provocó amenazas e intentos de agresión al entonces presidente azulgrana, pero también marcó un cambio. Años más tarde, en el Espanyol, Daniel Sánchez Llibre impulsó también su batalla contra las Brigadas Blanquiazules. El aprendizaje fue lento y doloroso. Demasiado lento para quienes ya habían pagado el precio antes.
Una serie necesaria para no rebajar la memoria
‘Ultras: Pasión y muerte’ no es una serie cómoda. Tampoco pretende serlo. Recupera una época en la que la violencia se confundía demasiadas veces con rivalidad, la intimidación con ambiente y el apoyo a grupos radicales con animación. El capítulo sobre Rouquier obliga a mirar de frente una verdad incómoda: durante años, determinados clubes dieron cobijo o facilidades a grupos que acabaron teniendo comportamientos criminales en casos concretos. Y cuando la sociedad quiso reaccionar, ya había víctimas.
Frederic Rouquier, una memoria que pertenece al Espanyol
Frederic Rouquier fue asesinado por ser identificado como parte del entorno espanyolista en una noche de venganza ultra. Tenía 20 años. Su historia sigue siendo una herida en la memoria perica y una advertencia para todo el fútbol español. La pasión no puede servir nunca de coartada para la violencia. La grada no puede ser refugio de grupos que convierten el escudo en excusa para agredir, amenazar o matar. Recordar a Rouquier no es reabrir una herida: es impedir que se cierre en falso.








