Hay futbolistas cuyo nombre queda ligado para siempre al club en el que levantaron más títulos. Y luego están aquellos que, aunque pasaran menos tiempo, consiguieron dejar una huella imborrable allí donde jugaron. Carmelo Cedrún pertenece un poco a las dos categorías. Siempre será una de las grandes leyendas del Athletic Club, pero el espanyolismo también tiene motivos de sobra para recordarle con cariño. El histórico guardameta vizcaíno ha fallecido a los 95 años y con él se marcha uno de esos porteros que marcaron una época en el fútbol español.
En Bilbao fue un mito. En Sarrià encontró una nueva oportunidad cuando muchos pensaban que su carrera estaba llegando a su final. Y lo que parecía el último destino de un veterano acabó convirtiéndose en una auténtica segunda juventud bajo los palos.
Una leyenda del Athletic que acabó defendiendo la portería del Espanyol
La historia de Carmelo Cedrún en el Espanyol comenzó, curiosamente, cuando una etapa brillante llegaba a su fin. Durante catorce temporadas había defendido la portería del Athletic Club, donde se convirtió en uno de los grandes referentes de la entidad rojiblanca. No en vano, era conocido como «El Muro de San Mamés», un apodo ganado a pulso gracias a sus actuaciones y a una trayectoria espectacular en la que conquistó una Liga, tres Copas y formó parte del inolvidable equipo de los ‘Once Aldeanos’, aquel conjunto que derrotó al Real Madrid de Alfredo Di Stéfano en una de las finales más recordadas de la Copa.
Pero el fútbol nunca se detiene. La irrupción de un joven José Ángel Iribar terminó relegándole al banquillo y muchos entendieron que, con 34 años, había llegado el momento de pensar en la retirada. El Espanyol, en cambio, vio otra cosa. Manuel Vila-Reyes decidió apostar por un portero que todavía tenía muchísimo fútbol dentro y el tiempo terminó demostrando que aquella decisión fue un auténtico acierto.
En Sarrià volvió a sentirse importante
Lejos de llegar a Barcelona para vivir sus últimos años como profesional, Carmelo Cedrún recuperó la ilusión y la titularidad prácticamente desde el primer día. Sarrià le devolvió el protagonismo y él respondió ofreciendo tres temporadas de un nivel extraordinario, convirtiéndose en una garantía absoluta para el conjunto blanquiazul.
Entre 1964 y 1967 disputó 82 partidos oficiales, 74 de ellos en Liga y siete en competición europea, cifras que reflejan la confianza que siempre depositaron en él los diferentes técnicos. Compartió vestuario con futbolistas que hoy forman parte de la historia del Espanyol, como José María, Marcial o Re, en un equipo que competía con personalidad y que encontró en Cedrún un seguro bajo los palos.
No era un portero espectacular en el sentido moderno del término. No necesitaba hacer paradas imposibles cada domingo para llamar la atención. Su mayor virtud era otra. Transmitía una sensación de tranquilidad enorme. Ordenaba a la defensa, dominaba el área y aparecía cuando el equipo más lo necesitaba. Era de esos guardametas que hacían mejor a los compañeros simplemente por la confianza que inspiraban.
Un carácter que imponía tanto como sus paradas
Los aficionados más veteranos tal vez recuerden su imagen vestido completamente de negro. Aquella equipación terminó convirtiéndose en una de sus señas de identidad y reforzaba todavía más una figura que imponía respeto solo con verla sobre el césped.
Alto, corpulento y con mucho carácter, Cedrún pertenecía a una generación muy distinta de porteros. En aquella época el área era territorio del guardameta y nadie entraba sin permiso. Él mismo lo resumió años después con una frase que explica perfectamente cómo entendía su oficio: «En el área no entraba nadie, repartía leña y me hacía respetar».
Era otro fútbol. Mucho más físico, más directo y con menos protección para los porteros. Cedrún se desenvolvía como pez en el agua en ese contexto. Era sobrio, contundente y tremendamente eficaz. No hacía falta que levantara la voz demasiado. Su sola presencia ya bastaba para que los delanteros se lo pensaran dos veces antes de disputar un balón dividido.
Internacional con España y una carrera que terminó al otro lado del Atlántico
Su trayectoria fue mucho más allá del Athletic y del Espanyol. Carmelo Cedrún defendió la camiseta de la selección española en trece ocasiones y formó parte del combinado nacional que disputó el Mundial de Chile de 1962, donde fue titular en los dos primeros encuentros. Curiosamente, ninguna de aquellas internacionalidades llegaron siendo jugador del Espanyol, aunque su rendimiento en Sarrià siguió estando a la altura de los mejores guardametas del país.
Cuando terminó su etapa como blanquiazul parecía que había llegado el momento de colgar definitivamente los guantes. Pero todavía aceptó una última aventura en el Baltimore Bays estadounidense antes de poner punto final a una carrera extraordinaria que se prolongó durante dos décadas.
El fútbol siguió formando parte de la familia Cedrún. Su hijo Andoni también se convirtió en un portero de primer nivel y acabó dejando su propia huella tanto en el Athletic como en el Real Zaragoza.
El espanyolismo también pierde a uno de sus grandes porteros
Es lógico que las generaciones más jóvenes identifiquen la portería del Espanyol con nombres como N’Kono, Toni Jiménez, Kameni, Diego López o Joan García. Cada época tiene sus referentes. Pero quienes llenaban Sarrià durante los años sesenta saben perfectamente quién fue Carmelo Cedrún.
Fue el hombre que devolvió seguridad a la portería blanquiazul cuando parecía que su carrera ya había entrado en la recta final. Llegó con la vitola de leyenda del Athletic y acabó marchándose con el respeto y el cariño de toda la afición perica. Apenas defendió el escudo durante tres temporadas, pero fueron suficientes para demostrar que seguía siendo uno de los mejores porteros del fútbol español.
Hoy el Athletic pierde a uno de sus mayores símbolos. El Espanyol también despide a un guardameta que dejó una huella profunda en Sarrià y que forma parte de la historia del club. Porque hay futbolistas cuyo recuerdo permanece mucho tiempo después del último partido. Carmelo Cedrún fue, sin ninguna duda, uno de ellos.
Descanse en paz.







