Se cumplen diez años del día en que Chen Yansheng fue nombrado presidente del RCD Espanyol y su empresa, Rastar Group, se convirtió en el nuevo dueño mayoritario del club perico. Aquel ya lejano en el tiempo 19 de enero de 2016, en el RCDE Stadium, se formalizaba lo que se había anunciado semanas antes: la compra del 54% del accionariado del Espanyol por parte del empresario chino, que llegaba con el compromiso de invertir al menos 50 millones de euros para sanear las maltrechas cuentas cuentas y dar impulso en todos los aspectos a un proyecto que prometía devolver al club al lugar que merecía. Ahora que excepto una participación en Velocity y la presencia en la directiva de su hombre fuerte en Barcelona, Mao Ye, su etapa de preeminencia en el club ha finalizado y no hay vuelta atrás en el aterrizaje de Pace, es buen momento de recapitular y ver qué dejó esa década que se prometía prodigiosa pero que al final fue decepcionante. Pese a ello, para ser justos, hay que destacar que cumplieron con el compromiso de mantener el club a flote, algo que no todos los inversores extranjeros en el fútbol español han hecho, ni de lejos.

La gran presentación: millones, ambición y el sueño de Europa
«Como nuevo máximo accionista del RCD Espanyol, Rastar Group centra inicialmente su actividad en el saneamiento de la economía del club», rezaba el comunicado oficial que anunciaba la operación. El grupo chino, especializado en juguetes electrónicos, videojuegos y contenidos audiovisuales, llegaba con la intención de fortalecer las bases económicas de una entidad que recibieron de manos de Dani Sánchez Llibre casi tocada de muerte y con un riesgo evidente de quiebra para luego expandirse en el plano deportivo y social. El precio de compra fue de 78 euros por acción y, con el paso de los meses, Rastar aumentó su participación hasta controlar el 99,66% del capital social.

En el plano institucional, ese mismo día se produjo la renuncia de Joan Collet como presidente, abriendo paso a una nueva etapa de mando absoluto en la que Chen asumía el protagonismo. Se habló de consolidar al Espanyol en la élite del fútbol nacional y europeo, con planes para reforzar la plantilla de inmediato en el mercado de enero. El objetivo era claro: sanear primero unas depauperadas arcas en las que crecian las telarañas -a Collet el tiempo ha hecho justicia por lo que hubo de pasar para intentar sortear esa situción en el día a día- y una vez conseguido crecer después.
Una década después: más estables… pero también más dolidos
Diez años más tarde, el balance es mucho más agridulce de lo que sugería aquella ambiciosa puesta en escena. Es cierto que Chen cumplió su primera gran promesa: inyectó capital y salvó al club de un colapso financiero. Las cuentas mejoraron, se redujo la deuda, se cumplieron los compromisos con Hacienda y el Espanyol pasó a tener una base económica mucho más estable que en 2015. En total, Rastar desembolsó unos 230 millones de euros, entre compra, préstamos participativos y ampliaciones.

Pero en el campo, las cosas no salieron como se esperaban. Y en los despachos, tampoco. En este tiempo, el Espanyol bajó dos veces a Segunda división, convirtiendo a Chen en el primer presidente en la historia blanquiazul que arrastra semejante estadística. La promesa de «ir a la Champions en tres años» se convirtió en un meme al que recurrir cuando venían mal dadas sobre el verce, y la relación con la afición fue de entusiasmo inicial a desconfianza total.
Una dirección sin continuidad y un silencio que pesó
Durante esta década, por el club pasaron 13 entrenadores, 6 directores deportivos y 4 directores generales. Muchos cambios, poca continuidad, y la maquinaria de Chen convertida en una verdadera trituradora de cargos. Pese a la meticulosidades y rigor que se presupone a los empresarios orientales, el Espanyol de Rastar nunca terminó de encontrar un proyecto sólido, ni una línea clara y definida de trabajo. Por si fuera poco, la desaparición progresiva de Chen del día a día institucional acentuó el distanciamiento. No pisa Barcelona desde 2022, y hubo momentos en que su ausencia generó más rumores que certezas, llegándose incluso a especularse con posibilidades morbosas como que su imagen cuando se dirigía a la afición vía plasma fuese recreada por la IA. Lo cierto es que Chen, posiblemente dolido por cómo su figura fue denostada incluso con protestas ante la ssedes consulares y embajadas de su país, no se ha despedido del espanyolismo más allá de dos frías líneas en la carta de convoicatoria a la última Junta de Accionistas, y a saber si fue él el que las escribió… Esa forma de comunicarse con los socios en momentos críticos queda como uno más de los síntomas de ese alejamiento.

La herencia de Chen, con luces y muchas sombras
En lo económico, Rastar deja un club con menos deuda y con activos valiosos, como la venta de Joan García que ayudó a maquillar un balance de 41,28 millones en pérdidas acumuladas. En lo deportivo, con él al frente la entidad ha vivido más penas que glorias. Con el paso de los años, la ilusión inicial dio paso a pancartas como la de «Chen, go home», que resumía el desencanto de la grada.

Ahora, Chen sigue vinculado indirectamente al club pero ha cedido el control a Alan Pace y Velocity. El Espanyol está dando los primeros pasos de una nueva etapa de la que los nuevos propietarios deberían aprender para no cometer los mismos errores sobre todo en el aspecto comunicativo; y mirar hacia atrás ayuda a entender por qué este cambio genera tanta esperanza, aunque ahora toca responder con hechos a las expectativas generadas. La era Chen empezó con promesas millonarias y sueños europeos. Acabó, casi diez años después, como una oportunidad que nunca terminó de cuajar.







