Manolo González, del altar al juicio público: el Espanyol se agarra a cinco puntos de margen mientras parte de la afición pide un cambio

29 de abril de 2026

Hace unos meses, Manolo González era casi intocable para la afición del Espanyol. Y no por casualidad. Se lo había ganado. Cogió un equipo hundido, logró un ascenso que parecía una montaña imposible y, ya en Primera, firmó una primera vuelta que llegó a poner al Espanyol en plazas de Champions. Sí, Champions. Parece de otra vida, pero pasó.

Ahora, en cambio, el ruido es otro. Mucho más feo. El técnico gallego ha pasado de ser el entrenador que devolvió la fe al espanyolismo a estar abiertamente cuestionado por una parte de la grada, que ya pide su destitución pese a que el equipo todavía conserva cinco puntos de margen con el descenso y quedan solo cinco partidos para cerrar la Liga. Es decir: la situación es mala, muy mala, pero aún no es terminal.

De la ilusión europea al miedo por abajo

La caída del Espanyol ha sido tan brusca que cuesta hasta explicarla sin quedarse a medias. De San Mamés salió el equipo con cinco victorias consecutivas, con una energía tremenda y con la sensación de que Manolo tenía a casi todos los jugadores por encima de su nivel normal. Era un equipo reconocible, competitivo, incómodo, con confianza. De esos que van a un campo grande y no se esconden.

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Pero la película se torció. Y mucho. El Espanyol ha sumado solo seis puntos de los últimos 48 posibles, una cifra que pesa como una losa y que ha ido borrando, jornada a jornada, todo lo bueno que se había construido antes. La maravillosa primera vuelta queda ya como un recuerdo bonito, pero lejano.

Y lo peor no es solo no ganar. Es la sensación. El equipo se ha ido apagando, los partidos se hacen larguísimos y la afición ya no mira hacia arriba. Mira hacia abajo. Y con miedo.

El empate ante el Levante dejó una frase que resume la crisis

Tras el empate sin goles ante el Levante en el RCDE Stadium, Manolo González volvió a agarrarse al trabajo, a la mentalidad y a la necesidad de no romperse por dentro. Su respuesta fue esta: «Lo único que hemos de hacer es seguir trabajando, intentar cambiar la dinámica trabajando, afrontar los partidos de la mejor manera posible y ser mentalmente fuertes. No hay otra solución. Lo único que queda es seguir con mentalidad y seguir apretando».

La frase tiene sentido. Claro que lo tiene. Pero también suena a una respuesta que ya se ha escuchado demasiadas veces esta temporada. Porque después de tantos tropiezos, el discurso del trabajo empieza a chocar con una realidad bastante tozuda: el Espanyol no gana desde diciembre y entrará en mayo sin haber conseguido una sola victoria en todo 2026.

Ahí es donde el mensaje empieza a desgastarse. No porque Manolo no trabaje. Nadie duda de eso. Se desgasta porque el equipo no encuentra soluciones en el campo, y cuando no llegan los resultados, todo se vuelve más cruel.

El mercado de invierno tampoco ayudó

La segunda vuelta del Espanyol también se explica mirando a enero. El equipo necesitaba refuerzos, la plantilla pedía aire y el mercado invernal fue muy pobre. Solo llegó Cyril Ngonge, que ante el Levante dejó una imagen nada buena con su enfado al ser sustituido. Una pataleta en plena crisis nunca ayuda, y menos cuando el equipo está peleando por no meterse en el barro hasta el cuello.

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Manolo ha tenido que convivir con una plantilla corta, con bajas importantes y con una caída anímica muy fuerte. Eso no borra sus errores, porque los ha tenido. Pero tampoco se puede analizar su momento como si todo dependiera únicamente de él. El entrenador está en el foco, sí, pero el problema del Espanyol viene de más arriba y de más sitios.

Aun así, ya sabemos cómo funciona el fútbol. Cuando la pelota no entra, el primero que se sienta en el banquillo de los acusados suele ser el técnico.

El RCDE Stadium dijo basta

El partido contra el Levante era de esos que se preparan con toda la carga emocional posible. Manolo pidió el apoyo de la afición, también lo hicieron futbolistas como Edu Expósito, y hubo recibimiento al autocar para intentar empujar al equipo desde antes del inicio. La gente quiso creer.

Durante la primera parte, el Espanyol tuvo algo más de ímpetu que el Levante. No fue un vendaval, tampoco vamos a engañarnos, pero sí pareció un equipo algo más enchufado. El problema fue el de siempre: no marcó. Y cuando no marcas, cualquier error te puede hundir.

Luego llegó la expulsión absurda de Pol Lozano, la doble amarilla más rápida en la historia de Primera, y otra vez apareció Marko Dmitrović para evitar un golpe todavía más doloroso. El portero serbio fue el único que salió reforzado de una tarde de nervios, silbidos y caras largas.

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Una pitada que abrió una herida

La grada explotó especialmente con una decisión de Manolo: retirar a Ramon Terrats para jugar con doble punta. Una apuesta que buscaba cambiar el partido, pero que acabó encontrando una respuesta clarísima del estadio.

Y al final del encuentro, la orquesta de vienro fue casi general. No solo contra el técnico. También contra los jugadores. El RCDE Stadium reprobó el rendimiento del equipo, con una excepción evidente: Dmitrović, que se llevó los únicos aplausos claros de la jornada.

Ese momento marcó un antes y un después. Porque Manolo ya no solo está cuestionado en tertulias, redes sociales o conversaciones de bar. El malestar ya se escuchó dentro del estadio. Y eso, para cualquier entrenador, cambia el paisaje.

La afición se divide entre la gratitud y el miedo

Aquí está la parte más dura de todo. Manolo González no es un entrenador cualquiera para el Espanyol. Es el técnico del ascenso. El hombre que agarró al equipo cuando parecía que la temporada se iba al desastre y lo devolvió a Primera. También es quien ha sostenido durante muchos meses a una plantilla muy justa para la categoría.

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Por eso duele más verle en esta situación. Hay una parte de la afición que sigue valorando todo lo que ha hecho y que cree que cambiar ahora, a cinco partidos del final, sería un movimiento peligroso. Otra parte, en cambio, piensa que el equipo se ha bloqueado tanto que hace falta una sacudida inmediata, aunque sea a la desesperada.

Y las dos posturas nacen del mismo sitio: el miedo. Unos temen que echar a Manolo rompa lo poco que queda; otros temen que mantenerlo no alcance para frenar la caída.

La directiva y la plantilla siguen respaldando al técnico

De puertas afuera, el club mantiene la confianza en Manolo González. Alan Pace y Alexander Rosen también se reunieron en marzo con el técnico en la Ciutat Esportiva Dani Jarque, en una imagen que servía para transmitir tranquilidad institucional. Al menos hacia fuera. Otra cosa es lo que pase si la racha sigue igual y el margen con el descenso se estrecha todavía más.

Porque el fútbol tiene poca memoria, pero mucha urgencia. Hoy tienes cinco puntos. Mañana, según los resultados, puedes tener tres, dos o seguir respirando. Y esa montaña rusa es la que tiene al espanyolismo de los nervios.

La renovación automática y una frase que ahora pesa más

El futuro de Manolo también tiene una parte contractual importante: su renovación por un año se activaría automáticamente si el Espanyol logra la permanencia matemática. Pero el propio técnico siempre ha dejado claro que los papeles no lo son todo y que se iría el día que dejase de generar consenso entre la afición perica.

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Y ahí está el asunto. Porque ahora mismo ese consenso se ha roto. No de forma total, ni mucho menos, pero se ha roto. Ya no hay unanimidad alrededor de Manolo. Hay agradecimiento, respeto, cariño en muchos casos… pero también cansancio, dudas y una preocupación enorme.

Es injusto, porque Manolo ha hecho muchísimo por el Espanyol. Pero también es real, porque el presente pesa más que el recuerdo cuando el descenso empieza a asomar.

Cinco partidos para salvar una temporada y quizá mucho más

Quedan cinco partidos. Solo cinco. El Espanyol tiene cinco puntos de margen sobre el descenso, una renta que ahora mismo es su gran salvavidas. No es poca cosa, aunque por sensaciones parezca menos. El problema es que el equipo llega al tramo final sin victorias en 2026, con la afición nerviosa y con el entrenador en el momento más complicado desde que llegó al primer equipo.

La pregunta es sencilla y cruel: ¿queda energía para un último arreón?

Manolo sigue insistiendo en trabajar, apretar y ser fuertes mentalmente. La plantilla dice estar con él. La directiva, también. Pero la grada ya ha empezado a hablar con silbidos. Y cuando eso pasa, todo se vuelve más frágil.

El Espanyol necesita salvarse. Punto. Luego ya habrá tiempo para repartir responsabilidades, revisar el mercado, hablar de liderazgo, decidir el futuro del banquillo y mirar qué proyecto se quiere construir. Ahora no hay margen para novelas largas. Hay que puntuar, respirar y llegar vivo al final.

Y Manolo, aquel ídolo que hace nada parecía intocable, tendrá que pelear también contra eso: contra la tabla, contra la dinámica y contra una parte de la afición que ya ha perdido la paciencia.