Treinta y cinco años después, hay historias que siguen estando presentes como si hubieran pasado ayer. Una de ellas es la de Frédéric Rouquier, el joven seguidor del Espanyol asesinado en 1991 tras un partido en Sarrià. El programa de crónica negra de betevé, ‘BCN Confidencial’, ha decidido mirar de frente a ese episodio oscuro y reconstruirlo paso a paso.
Gener del 1991. Acaba el partit i comença la cacera. Quan el futbol és un pretext de la violència per la violència.
La mort del perico Rouquier, a ‘Barcelona confidencial’
📺 Aquesta nit, a les 22 h@visionatv @blancacia @carlesvinyes pic.twitter.com/w1Uy8ftrpB— betevé (@beteve) February 22, 2026
El espacio, dirigido por Ferran Cera, rescata testimonios, datos judiciales y escenas reconstruidas para situar al espectador en aquella noche. Lo hace con un tono sobrio, casi frío por momentos, quizá porque la crudeza de los hechos ya habla por sí sola.
La noche del 13 de enero de 1991
Todo ocurrió pocas horas después de un Espanyol – Sporting en el viejo Sarrià. Rouquier, un joven francés de 20 años, caminaba por la zona con otro chico cuando un coche -un Ford Fiesta rojo- detectó una bandera blanquiazul. Aquello bastó. Los ocupantes frenaron, bajaron corriendo y se lanzaron sobre ellos sin dar opción a nada.
El documental recuerda cómo uno de los agresores iba armado con un machete y otro con una navaja. Rouquier recibió heridas mortales prácticamente en el acto. Su acompañante, menor de edad, logró huir unos metros hasta un hotel cercano, donde también fue atacado antes de que la intervención de un vigilante hiciera desistir al grupo.
Dos testigos escucharon una frase que hiela la sangre todavía hoy: “Le he hundido el machete hasta el mango”.
La pista clave del Ford Fiesta rojo
La huida fue rápida, pero no perfecta. El vigilante anotó la matrícula del coche, un detalle mínimo que resultó decisivo. En menos de 24 horas, la policía detuvo a los implicados. Eran cinco jóvenes vinculados a los Boixos Nois, varios de ellos socios del FC Barcelona y parte del sector más violento de la grada de aquella época.
Durante el proceso, se supo que no había sido un ataque improvisado, sino una acción con ánimo de venganza tras agresiones previas entre grupos ultras. Barcelona vivía entonces un clima muy distinto al actual, con centenares de cabezas rapadas moviéndose por la ciudad los fines de semana y peleas frecuentes entre facciones rivales.
El juicio y una sentencia que no cerró la herida
El juicio por el asesinato de Rouquier se celebró en la Audiencia de Barcelona en la primavera de 1994 y, pese a la extrema violencia de los hechos, la primera sentencia consideró el crimen como homicidio, imponiendo un total de 77 años de prisión -20 para el principal agresor, José Antonio Romero Ors, y 8 para el menor implicado- al entender que no había existido una intención clara de matar. Aquella resolución no convenció a nadie y fue recurrida, de modo que el Tribunal Supremo dictó en noviembre de 1995 una sentencia mucho más dura: calificó los hechos como asesinato, describió la actuación de los acusados como “propia de animales” y elevó las penas hasta los 140 años de cárcel en conjunto.
El caso también puso el foco sobre el FC Barcelona, ya que su entonces presidente, Josep Lluís Núñez, tuvo que declarar por el vínculo del club con los Boixos Nois, admitiendo finalmente que disponían de un local en el estadio y ciertos privilegios. Aquel crimen marcó un antes y un después, provocando un endurecimiento de las medidas de seguridad tanto en los estadios como en la vía pública para frenar la violencia ultra que había crecido en la ciudad.
Más que un crimen: un punto de inflexión
El asesinato de Rouquier marcó un antes y un después. Puso el foco en la violencia ultra, en la relación de algunos clubes con estos grupos y en la falta de control institucional de aquellos años. A partir de entonces se endurecieron las medidas de seguridad en los estadios y en la calle.







