Cuesta reconocer a este Espanyol. Hace nada parecía un bloque sólido, incómodo, casi antipático de lo difícil que era meterle mano. Ahora transmite justo lo contrario. La derrota en el Metropolitano ante el Atlético no es solo un tropiezo más: es la confirmación de que el equipo ha entrado en un túnel del que no encuentra la salida. Lo más inquietante no es perder en un campo grande -eso entra dentro de lo normal- sino cómo se pierde. Con fragilidad, con errores que se repiten y con esa sensación de que cualquier golpe descoloca al equipo durante minutos eternos.

Una caída histórica en pleno 2026
Los números asustan por sí solos. Dos puntos de veinticuatro posibles, cero victorias en ocho partidos y una racha que ya entra en los libros de historia… pero por lo negativo. Según los registros estadísticos, se trata del peor inicio de año natural de toda la historia del Espanyol en Primera división, superando incluso el precedente de 1956, cuando el equipo sumó cuatro puntos en ese mismo tramo.
#DATO 2 puntos de 24 posibles (0 victorias, 2 empates y 6 derrotas).
El @RCDEspanyol está cosechando el PEOR inicio de año natural (2026) en TODA su HISTORIA en Primera División. Supera los 4 puntos del año 1956. pic.twitter.com/YYwa2urUMi
— Fran Martínez (@LaLigaenDirecto) February 21, 2026
Lo que en otoño era ilusión ahora es incredulidad. El contraste con la primera vuelta es brutal, como si se tratara de dos equipos distintos. Antes, cada partido parecía tener un plan claro; ahora, todo depende de sobrevivir a los errores propios. Y cuando los errores llegan, llegan en cadena.
La defensa, el epicentro del problema
Si hay una palabra que define este momento es “fragilidad”. El Espanyol encaja goles con una facilidad que hace unos meses parecía imposible. Acciones mal defendidas, pérdidas en zonas peligrosas, centros laterales que acaban siempre en remate… la lista se repite semana tras semana. Manolo González lo explicó con crudeza: “Los goles, todos, son defensibles y evitables”. Cuando cada llegada rival termina dentro, competir se convierte en una misión casi imposible.

Un equipo que se desmorona al primer golpe
Otro síntoma preocupante es la reacción tras encajar. El equipo no se deja ir del todo, pero sí pierde orden, confianza y paciencia. En el Metropolitano se vio con claridad: una buena primera parte y, tras el descanso, dos golpes rápidos que lo cambiaron todo. A partir de ahí, el partido se rompió. Y lo peor es que no es la primera vez. El Espanyol actual vive demasiado al límite emocionalmente.

Factores invisibles: confianza, derbis y desgaste
No todo es táctico ni físico. También hay algo mental. Los derbis de inicio de año dejaron heridas, algunos arbitrajes impidieron recuperar confianza en momentos clave y la suerte -ese pequeño empujón que antes caía del lado perico- ha desaparecido. Jugadores que parecían en su mejor momento ahora están lejos de su nivel. No solo atrás. El equipo ha perdido seguridad colectiva, esa sensación de saber siempre qué hacer.
Manolo mueve piezas… pero no aparece la solución
El técnico ha probado cambios de sistema, perfiles distintos, ajustes en el plan de partido. Nada termina de funcionar. No por falta de ideas, sino porque los errores individuales siguen apareciendo. “No es cosa del sistema”, insistió. Y tiene lógica: puedes cambiar el dibujo, pero si cada fallo cuesta un gol, todo se tambalea. El margen de confianza que se ganó en otoño empieza a erosionarse, aunque todavía no se ha roto.

La clasificación aún sostiene al equipo
Paradójicamente, el Espanyol sigue arriba. La gran primera vuelta actúa como colchón y evita que la situación sea dramática a nivel clasificatorio. Pero la tabla no engaña eternamente. La lucha europea se aprieta y el margen se reduce. El objetivo inmediato es claro: llegar a los 42 puntos cuanto antes para respirar. La sensación es que el equipo necesita una victoria más que tres puntos: necesita volver a creer.
Un marzo que puede marcar el rumbo
El calendario ofrece ahora una oportunidad… o un riesgo enorme. Elche fuera, Oviedo en casa, Mallorca a domicilio y Getafe en Cornellà. Rivales con mucho en juego, partidos incómodos, encuentros donde no hay excusas. Si llegan los puntos, la tormenta puede pasar. Si no, el clima se volverá irrespirable. Son partidos que no decidirán la temporada, pero sí el ánimo del espanyolismo.

Ni espejismo ni desastre absoluto
La gran duda es cuál es el verdadero Espanyol: el de la primera vuelta o el actual. Probablemente ninguno de los dos extremos. Ni era un equipo imparable ni es ahora un conjunto sin alma. La realidad suele estar en medio. Pero el fútbol no espera a que encuentres ese equilibrio: exige resultados ya. Y eso es precisamente lo que no está llegando.
Urgencia sin pánico
El equipo no está muerto. Compite por tramos, marca goles, muestra fases de cierto buen juego. Pero la sensación de urgencia es evidente. Cada jornada sin ganar añade peso a la mochila. El Metropolitano dejó algo claro: si no se corrigen los errores atrás, da igual cuántos goles metas delante. Y en Primera división, los rivales no perdonan dos veces.







