
Resumen: Robert Hernando, escritor y exconsejero del Espanyol, dedica su artículo de opinión a reivindicar la figura de Manolo González, al que considera el entrenador que más ha conectado con el espanyolismo desde José Antonio Camacho. Destaca su nobleza, su sentimiento perico y el enorme mérito de haber conseguido el ascenso y dos permanencias en Primera División con plantillas muy limitadas. También lamenta las faltas de respeto que recibió durante su etapa en el banquillo y carga especialmente contra las formas de su destitución tras la eliminación copera en Sestao, señalando a Monchi por su gestión. El texto termina con una buena dosis de ironía sobre la llegada de Eder Sarabia y el fútbol ofensivo que algunos reclamaban, aunque por encima de todo queda un mensaje de cariño, respeto y agradecimiento hacia Manolo.
Cinco claves
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- Un entrenador querido como pocos: Hernando compara la conexión de Manolo González con la afición con la que consiguió José Antonio Camacho.
- Un legado que merece reconocimiento: reivindica el ascenso y las dos permanencias logradas con plantillas que considera muy limitadas.
- La nobleza como seña de identidad: destaca su humanidad y entrega al club, aunque cree que pudo ser demasiado comprensivo con algunos jugadores.
- Críticas al trato recibido: denuncia los insultos hacia Manolo y cuestiona duramente las formas del club y el papel de Monchi en su destitución.
- Ironía ante la llegada de Sarabia: cierra con una referencia mordaz al esperado fútbol ofensivo y al tiki-taka que parte de la afición reclamaba.
Gracias don Manolo González
Manolo González ha sido el entrenador con el que más se ha identificado la afición del RCD Espanyol desde los tiempos de José Antonio Camacho. Ni siquiera algunas leyendas del club sobre el verde que después pasaron por el banquillo -o por la «silla eléctrica», como quieran llamarlo-, como Sergio González, Mauricio Pochettino o Luis García, lograron despertar en la grada una unanimidad y una energía tan positivas.
Y este hecho no es casualidad. La veterana y curtida parroquia blanquiazul ha visto desfilar entrenadores de todas las clases y condiciones. Algunos llegaron con aura de estrellas; otros, con un perfil mucho más humilde. Pero el tiempo acaba poniendo a cada uno en su sitio y dejando al descubierto la verdadera personalidad e intenciones de cada uno de ellos. La mayoría de los pericos el hecho de que Manolo viniese del fútbol humilde siempre lo consideramos un enorme mérito, sin embargo, hubo algunos que nunca se lo perdonaron.
Hay una frase de nuestro antiguo himno que define muy bien a nuestro club: «Tu nobleza justifica el adjetivo». Y si hay algo que desprende Manolo González en sus palabras, en sus miradas, en sus sonrisas, en sus lágrimas y en su manera de defender al Espanyol contra viento y marea, es precisamente eso: nobleza y bondad.
Tal vez, incluso, demasiado. Porque, aunque Manolo sabe sacar su carácter cuando la situación lo requiere, tiene un fondo tan integro y humano que a veces pienso que le lleva a ser demasiado condescendiente con los suyos. Quizá uno de los problemas que ha tenido es que algunos futbolistas terminaron viéndolo más como a un padre que como a un entrenador. Y, en el fútbol profesional, esa frontera entre el afecto y la exigencia no debería difuminarse jamás.
Sea como fuere, el nombre de Manolo Gónzalez ya está escrito para siempre, le pese a quien le pese, con letras de oro en la historia de nuestra entidad. Y cuando los espanyolistas nos paseemos por la galería de fotografías de entrenadores del auditorio Segura Palomares, contemplaremos su retrato con un cariño muy especial.
Manolo logró un ascenso extraordinariamente complicado después de una temporada plagada de despropósitos, marcada por la destitución prematura de Luis García y por el error que supuso la llegada de Ramis. Con aquel ascenso, Manolo, su equipo técnico, aquellos jugadores y la afición no solo evitamos que el club siguiera en el infierno de la Segunda División, sino que también lo salvamos de las gravísimas consecuencias que habría supuesto permanecer otra temporada en la categoría de plata. Con muchos menos ingresos y teniendo en cuenta cómo se ha gestionado el club durante los últimos años, aquella situación podría haber puesto seriamente en peligro el futuro de la entidad.
Pero su mérito solamente comenzó con esa gesta. También cumplió el objetivo de mantener al Espanyol en Primera División durante dos temporadas consecutivas, trabajando con plantillas muy mal confeccionadas y con una mayoría de futbolistas cuyo nivel estaba lejos de lo que debería exigirse a un club de la máxima categoría.
Hagan ustedes un ejercicio de masoquismo y repasen los equipos en los que juegan actualmente los futbolistas que tuvo a su disposición el cuerpo técnico hoy destituido. Salvo Joan García -al que, por cierto, hizo debutar Manolo- y Carlos Romero, todos aquellos jugadores militan en clubes de menor presupuesto que el RCDE. Algunos, incluso, compiten en categorías o competiciones muy inferiores.
Creo que a los espanyolistas nos sobran los motivos para tener hacia Manolo palabras de cariño, respeto y admiración. Tal vez su único pecado haya sido el de ser demasiado buena persona. No encontrarán a nadie en el club que les hable mal de él. Manolo se pasaba todo el día en la Ciudad Deportiva, desde primera hora de la mañana hasta bien entrada la noche, trabajando y preocupándose por el equipo y por la cantera.
Vaya donde vaya, le deseo toda la suerte del mundo. Quienes tanto deseaban su destitución ya han conseguido su objetivo. Es cierto que los resultados no han sido buenos y que el fútbol, al final, se decide por ellos. Pero no lo es menos que hubo quienes se dedicaron a convertir su trabajo en un auténtico infierno, llegando incluso a protagonizar improperios y faltas de respeto intolerables.
Porque, oigan, a uno le puede gustar más un entrenador o menos. Puede cuestionar sus decisiones, criticar sus planteamientos, sus cambios, o pedir su destitución si considera que las cosas no funcionan. Todo eso forma parte del fútbol. Pero ¿de verdad es necesario insultar y faltar al respeto a una buena persona, trabajadora y con un sentimiento perico fuera de toda duda como Manolo González?
Una cosa es la exigencia y otra, muy distinta, la falta de educación. Y creo que, en ocasiones, algunos han olvidado esa diferencia. Ni siquiera, el club ha sido señor a la hora de despedirlo, un cuarto de hora después de terminar el partido en Sestao, un partido complicado cayendo chuzos de punta en el campo, contra un equipo vasco en su estadio, en su patatal que, por cierto, Monchi quiso se comiera Manolo para que en caso de derrota fuese él quien se terminase de comer el ultimo marrón. Como si ya se hubiese comido pocos en su etapa como entrenador el primer equipo…
En cualquier caso, la etapa de Manolo ya es historia. Él emprenderá un nuevo camino y el RCDE ha decidido poner el suyo en manos de Eder Sarabia. Comienza una nueva época, una nueva apuesta. Podéis estar seguros de que llegaran los éxitos que todos deseamos y, por supuesto, vamos a disfrutar de de un fútbol ofensivo extraordinario. Por fin vamos a disfrutar de ese tiki-taka que algunos llevan años pidiendo a gritos. Tic, tac…
Robert Hernando
Escritor y ex-consejero del RCD Espanyol







