Cuando un líder habla, el vestuario también se retrata
Aquel Iván de la Peña no vendía humo. Sabía perfectamente que la situación era horrible, pero no se escondía detrás del miedo. Recordó que el equipo ya había vivido momentos límite, como aquella salvación ante el Murcia del 2004, y dejó una frase que hoy encajaría en cualquier previa de vida o muerte: “El equipo es fuerte y lo ha demostrado años anteriores”. También lanzó un aviso a los rivales que estaban por encima: “Estoy convencido de que nos vamos a salvar. Los equipos que están por encima estarán más tranquilos, pero yo no lo estaría tanto”. Eso, dicho desde la última posición y con media ciudad mirando al suelo, tenía mucho peso. No era solo optimismo. Era una manera de marcar territorio, de decir que el Espanyol seguía vivo aunque la tabla pareciera decir otra cosa.
El ejemplo de compromiso que ahora se echa en falta en el Espanyol
La comparación con el presente sale sola, aunque tampoco se trata de pedir que alguien copie palabra por palabra aquel discurso. Cada vestuario es distinto, cada crisis tiene sus heridas y cada jugador vive la presión a su manera. Pero cuando el equipo no gana, cuando la afición empieza a estar entre el enfado y la resignación, cuando parece que todo se mide con calculadora, hacen falta voces que sostengan al grupo. De la Peña lo hizo con frases sencillas, de las que se entienden sin manual: habló de mejorar partido a partido y de pelear hasta el final. “Primero hay que ganar un partido y luego el segundo. Quedan diez jornadas y vamos a morir hasta el final”, dijo entonces. Ese tipo de mensaje, firme y sin adornos, es justo lo que el espanyolismo agradecería escuchar ahora desde dentro del vestuario.
De la Peña habló de la afición como parte de la salvación
Otro punto que hoy también suena muy actual es cómo metió a la gente dentro de la pelea. No habló de la afición como decorado, ni como ruido de fondo. La puso en el mismo barco que los jugadores. Dejó claro que la permanencia dependía de todo el vestuario, no solo de nombres como Luis García, Raúl Tamudo o él mismo, y reconoció que todos estaban sufriendo. Ahí había algo muy perico: esa mezcla de angustia, orgullo y cabezonería que tantas veces ha acompañado al club. Y cerró con un mensaje de agradecimiento a la grada que tampoco necesita demasiada explicación: “Sólo les puedo pedir que sigan igual”. Hoy, muchos años después, esa frase vuelve con fuerza. Porque la afición sigue ahí. La pregunta, incómoda pero inevitable, es si el vestuario actual será capaz de transmitir una fe parecida.
Un cumpleaños con nostalgia, pero también con un aviso para el presente
El cumpleaños de Iván de la Peña llega, así, con una carga emocional inesperada. Por un lado, sirve para recordar a uno de los jugadores con más talento que han pasado por el Espanyol. Por otro, abre una reflexión bastante clara sobre lo que significa liderar en momentos malos. No siempre se lidera con brazalete. A veces se lidera hablando claro, poniendo la cara y convenciendo a los demás de que todavía queda vida. El Espanyol actual necesita fútbol, puntos y calma, claro. Pero también necesita referentes que hagan creer. Y eso, viendo otra vez a De la Peña en 2009, queda bastante claro.