El Espanyol se ha metido en uno de esos finales de temporada que nadie quería volver a vivir. Hace no tanto parecía que la primera vuelta había dejado un colchón suficiente para evitar sustos serios, incluso para mirar algo más arriba con cierta ilusión. Ahora mismo, todo eso ha saltado por los aires. El equipo se jugará la permanencia más cara de los últimos años en seis partidos que ya no admiten casi ni un respiro, y lo peor no es solo la tabla, sino la sensación de caída libre que ha dejado el fiasco de Vallecas. Porque aunque el Espanyol sigue fuera del descenso también es verdad que llega a este tramo final roto de confianza, sin victorias desde hace una barbaridad y con un miedo cada vez más evidente en el césped.
La derrota en Vallecas hizo todavía más daño por cómo llegó
Lo del Rayo fue uno de esos golpes que dejan marca. No solo porque se perdió, sino por la manera. El Espanyol llegó vivo al tramo final, tuvo un penalti para ponerse por delante y salió otra vez derrotado, castigado por un gol al final y por una jugada que retrató todos los males del equipo. Cuando llegas al minuto 88 empatando, lo mínimo que le puedes pedir a un equipo que se juega la vida es que no se caiga de esa forma. Pero se cayó. Y ahí apareció otra vez ese miedo tan reconocible de los equipos que se meten en el barro de verdad. El conjunto perico volvió a dar la sensación de esperar el golpe casi antes de recibirlo. Y eso es quizá lo más preocupante de todo.

Varios nombres propios quedan señalados
En estos partidos límite siempre hay actuaciones que pesan más. Y en Vallecas quedaron varios nombres muy marcados. Pere Milla salió especialmente señalado por como se cargó con una tarjeta nada más salir y por una ocasión clarísima desperdiciada cuando el partido aún podía girar hacia el lado perico. Fue una de esas acciones que luego se te quedan clavadas en la cabeza, porque en un final así cada detalle cuenta muchísimo. Omar, por su parte, quedó retratado en la jugada del 1-0 de Camello, superado en una acción que hizo todavía más daño por el minuto en el que llegó y por lo que había en juego. Roberto también volvió a evidenciar que pese a que es todo entrega le falta lo que más se le pide a un delantero: el gol. Tampoco Kike García acertó en un momento clave no del partido, de la temporada, ese penalti que hubiese podido cambiar el escenario de manera determinante. Carlos Romero lleva unos cuantos partidos en que parece no meter la pierna con el ímpetu de antes. No son ni mucho menos los únicos que están lejos de su mejor versión, claro, pero sí algunos de los nombres que más debate han abierto después del partido. Y eso pasa porque el Espanyol ya está en ese punto de la temporada donde cada error individual se amplifica una barbaridad.

Manolo González también da síntomas de estar superado por la situación
Y luego está el entrenador. Manolo González sigue transmitiendo ganas de pelearlo, eso es evidente, pero también da la sensación de estar cada vez más atrapado por la dinámica. Quince partidos sin ganar son una losa enorme para cualquiera, y más todavía cuando el equipo viene de una primera vuelta que había disparado las expectativas y había reforzado mucho su figura. Ahora el escenario es otro. El Manolo que parecía tener siempre una respuesta hoy parece buscarla sin encontrarla, y eso se nota tanto en los planteamientos como en los cambios, en las caras, en el lenguaje corporal y en el clima que rodea al vestuario. Mucha gente pide ya una decisión drástica. Otra cree que ya es tarde para inventos. Lo único claro es que el crédito se ha reducido una barbaridad y que el lunes ante el Levante ya no hay margen para otro golpe.

La permanencia está carísima y ya no se salva nadie con mirar hacia otro lado
La otra gran realidad es la clasificación. La zona baja se ha apretado hasta un punto bastante salvaje y eso convierte la permanencia en una pelea mucho más cara de lo normal. Ahora mismo, seis equipos están separados por solo cuatro puntos, desde el Valencia hasta el Levante, y lo más inquietante del asunto es que ni siquiera los que van algo por encima, como Girona, Espanyol, Rayo o incluso Osasuna, pueden dormir tranquilos. Las victorias recientes del Elche y del propio Levante han encarecido todavía más la salvación y han disparado la tensión en media tabla, hasta el punto de que el precedente de la temporada 2010-11 ya está sobre la mesa como un aviso serio: aquel año, con 38 puntos en la jornada 32, el Deportivo parecía tener margen y acabó bajando con 43. Desde entonces no se había visto a estas alturas a equipos en descenso con tanta puntuación como ahora tienen Alavés y Levante, lo que deja una conclusión muy clara: la salvación no está cara, está carísima. Y para rematar, esta jornada viene plagada de cruces directos a vida o muerte: Valencia – Girona, Espanyol – Levante, Oviedo – Elche, Osasuna – Sevilla y Alavés – Mallorca, partidos que pueden disparar aún más el precio de quedarse en Primera y que convierten el goal average y cada mínimo detalle en oro puro.

En este escenario, el problema del Espanyol no es únicamente su mala racha; es que los demás también se están moviendo y han convertido la salvación en una lucha donde ya no basta con quedarse quieto. El precedente más feo está ahí para quien lo quiera ver: temporadas en las que equipos con una puntuación que parecía relativamente tranquila acabaron cayendo por no reaccionar a tiempo. Y ahora mismo el Espanyol va justo por ese camino peligroso.
El lunes ante el Levante no es una final simbólica, es una obligación real
Por eso el partido ante el Levante tiene el peso que tiene. No es un eslogan, ni una exageración para vender ambiente. El Espanyol está obligado a ganar al Levante para no despeñarse de verdad. No queda otra. Primero, porque el rival llega en dinámica positiva y con toda la fe renovada. Segundo, porque el equipo perico necesita frenar ya esta caída. Y tercero, porque lo que viene después mete bastante respeto: Real Madrid, Sevilla, Athletic, Osasuna y Real Sociedad. Un calendario que no invita precisamente a pensar en una reacción cómoda o progresiva. Así que sí, el lunes es el día. El partido que puede cortar la hemorragia o abrir una herida mucho más seria.
Seis partidos para salvarse… y para demostrar que todavía queda algo dentro
Quedan seis jornadas. Seis. Parece poco y lo es. Pero también da para muchas cosas si el equipo reacciona de verdad. El problema es que ahora mismo cuesta ver de dónde puede salir ese giro. El Espanyol tiene futbolistas con experiencia, tiene un estadio que apretará y todavía tiene margen sobre el descenso, pero lleva tanto tiempo sin ganar que hasta eso empieza a parecer una mochila enorme. La permanencia sigue en su mano, sí. Pero ya no desde la calma, sino desde la urgencia. Desde la obligación de dejar de regalar partidos, de dejar de caerse en cada golpe y de demostrar que todavía hay orgullo competitivo para no tirar por la borda lo que se construyó en la primera vuelta.
El espanyolismo vuelve a asomarse al precipicio
Y esa es la peor noticia de todas: que el espanyolismo vuelve a sentir ese cosquilleo feo de otras veces. Ese de mirar el calendario, hacer cuentas, pensar en averages, en rivales directos y en si de verdad este equipo será capaz de sacar los puntos que necesita. La permanencia nunca parece barata cuando la pelea el Espanyol, pero esta vez está especialmente cara y especialmente envenenada. Por eso el escenario es tan complicado. Por la racha. Por las sensaciones. Por los errores individuales. Por un entrenador cada vez más señalado. Y por un equipo que, si no reacciona ya, va a convertir estas seis jornadas en una angustia total.







