Nunca fuimos tantos, nunca exigimos tanto: el Espanyol, que crece por fuera mientras la tensión se dispara por dentro, conoce la nueva cara de la exigencia

23 de septiembre de 2026
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Resumen: El Espanyol vive una situación curiosa. Mientras el club atraviesa uno de sus mejores momentos sociales de los últimos años y el nuevo proyecto ha despertado ilusión, dos derrotas consecutivas han disparado la tensión alrededor del equipo y de Manolo González. El mal partido ante el Elche explica buena parte del enfado, pero después de solo siete jornadas también aparece otra pregunta: ¿se está convirtiendo demasiado pronto cada tropiezo en una crisis?

Puntos clave

    • El crecimiento social del Espanyol ha venido acompañado de un aumento evidente de la exigencia.
    • Las derrotas ante Rayo y Elche han cambiado en pocos días la percepción alrededor del equipo.
    • El encuentro frente al Elche ofrece motivos deportivos suficientes para entender el enfado de la grada.
    • La nueva propiedad, la llegada de Monchi y los fichajes han elevado las expectativas respecto al pasado reciente.
    • El gran interrogante es dónde termina la exigencia lógica y dónde empieza una tensión que puede acabar jugando contra el propio Espanyol.

Nunca fuimos tantos, nunca exigimos tanto

Hay algo que cuesta bastante explicar cuando uno mira al Espanyol de estas primeras semanas de temporada. El club ha conseguido movilizar a una masa social enorme, ha recuperado ilusión, ha estrenado propiedad, ha puesto a un director deportivo del prestigio de Monchi al frente del proyecto deportivo y ha conseguido que vuelva a hablarse de crecer. Y, al mismo tiempo, bastaron dos derrotas seguidas para que alrededor del equipo apareciera un clima que parece mucho más propio de una crisis profunda que de una temporada que apenas lleva siete jornadas.

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No se trata de pedir que nadie aplauda lo del Elche. Imposible. El partido fue muy malo y el enfado de la grada está completamente relacionado con lo que vio sobre el césped. El Espanyol perdió 1-3 contra un rival que jugó prácticamente todo el encuentro con diez, fue incapaz de mandar cuando el contexto le favorecía y volvió a transmitir esa sensación preocupante de equipo al que cualquier golpe le hace mucho daño. Venía, encima, de caer en Butarque contra el Rayo. Hay argumentos futbolísticos de sobra para criticar.

La cuestión es otra. ¿Cómo hemos pasado tan rápidamente de la ilusión por el nuevo proyecto a discutir prácticamente sobre todo?

Dos derrotas han cambiado el estado de ánimo en cuestión de días

El fútbol tiene estas cosas. Si el Espanyol hubiese empatado en Butarque y ganado al Elche, dos resultados que por cómo se plantearon ambos encuentros no parecían precisamente imposibles, probablemente estaríamos hablando de un equipo instalado en una zona tranquila de la clasificación y aprovechando el parón para seguir creciendo.

No ocurrió.

Perdió los dos y se marcha con siete puntos de 21. El problema es que la clasificación no explica por sí sola el enfado. Las sensaciones han pesado todavía más. En Butarque hubo una primera parte muy mala y contra el Elche llegó posiblemente la actuación más decepcionante del curso. El aficionado puede aceptar perder. Lo que cuesta mucho más aceptar es ver a un equipo bloqueado cuando tiene todas las circunstancias a favor.

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Ahí nace una parte importante de la tensión actual. No únicamente del resultado, sino del miedo a reconocer cosas que ya vimos en otros momentos.

La segunda vuelta del pasado curso continúa presente en la memoria

Manolo González no empieza esta temporada desde cero a ojos de una parte del espanyolismo. La mala segunda vuelta del curso pasado sigue pesando muchísimo en el análisis que algunos aficionados hacen del entrenador.

Es lógico hasta cierto punto. El fútbol también funciona con memoria. Cuando aparecen determinados problemas -dificultad para reaccionar, partidos espesos, dudas tácticas o un equipo que parece perder confianza- hay quien los conecta inmediatamente con aquella racha.

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Pero aquí también existe un peligro. Si cada mal partido actual se convierte automáticamente en la continuación de todo lo malo del año pasado, Manolo acaba jugando cada jornada contra el rival y contra su propio pasado.

Y eso hace muy complicado encontrar un punto medio.

Manolo tiene méritos suficientes para que tampoco se borren en siete jornadas

Porque existe otra parte de la historia. Manolo llegó al primer equipo cuando el Espanyol estaba en Segunda y consiguió el ascenso. Después recibió una plantilla construida con recursos muy limitados y logró la permanencia. La pasada temporada, pese a la asimetría del curso, terminó undécimo.

Eso también ha sucedido.

No convierte al entrenador en intocable ni significa que haya que mirar hacia otro lado cuando el equipo juega mal. Pero sí debería servir para evitar esa costumbre tan futbolera de borrar dos años en quince días.

Ahora mismo parece que alrededor de Manolo únicamente existen dos posiciones posibles: defenderlo todo o considerar agotado su ciclo. Los famosos “manolistas” y “antimanolistas”. Y seguramente entre ambos extremos esté la mayoría del espanyolismo: gente agradecida por lo que ha hecho, preocupada por lo que está viendo y esperando comprobar si es capaz de corregirlo.

El nuevo Espanyol también ha elevado muchísimo las expectativas

Aquí entra otro elemento fundamental. Este Espanyol ya no genera las mismas expectativas que el de hace dos temporadas.

La llegada de la nueva propiedad cambió el discurso. Alan Pace habló de crecimiento. Monchi llegó como una figura de enorme peso dentro del fútbol español. El mercado dejó movimientos importantes y el club empezó a transmitir la idea de que había llegado el momento de abandonar progresivamente la supervivencia permanente.

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Eso se agradece. Durante demasiado tiempo el espanyolismo ha vivido pensando primero en evitar problemas y después, si acaso, en mirar hacia arriba.

Pero cada salto de ambición trae algo pegado: la exigencia también sube.

Si vendes crecimiento, la gente quiere crecimiento. Si mejoras la plantilla, el aficionado espera verlo sobre el césped. Si hablas de mirar hacia arriba, un partido como el del Elche cuesta muchísimo más de digerir.

Monchi cambia también la manera de mirar al banquillo

La presencia de Monchi introduce otra diferencia respecto al pasado. Manolo ya no es simplemente el entrenador heredado por una dirección deportiva nueva.

Monchi decidió mantenerlo. Lo ratificó cuando llegó, construyó la plantilla con él y volvió a respaldarlo públicamente. Después de lo sucedido contra el Elche ha tenido además un parón de tres semanas perfecto para realizar un cambio y ha decidido no hacerlo. Por eso la continuidad del entrenador ya es también una decisión de Monchi.

Y eso tiene dos lecturas. La primera es que el director deportivo cree realmente que Manolo puede arreglarlo. La segunda, que si dentro de unas jornadas el equipo continúa ofreciendo la misma imagen, el debate dejará de apuntar únicamente al banquillo y empezará a mirar también hacia quien decidió mantenerlo.

El crecimiento social ha cambiado incluso la temperatura del RCDE Stadium

Mientras todo esto sucede, hay otra realidad que no debería pasar desapercibida. El Espanyol atraviesa un momento social que hace pocos años parecía muy difícil imaginar.

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El estadio presenta entradas importantes, existe una demanda de abonos que incluso ha dejado aficionados sin posibilidad de hacerse socios y alrededor del club vuelve a percibirse movimiento. Hay ganas de Espanyol.

Eso es una noticia magnífica.

Pero también modifica la temperatura alrededor del equipo. Cuanta más gente está pendiente, cuanto mayor es la ilusión y cuanto más se promete crecer, más ruido genera cada decepción.

El Espanyol quería recuperar músculo social. Lo está consiguiendo. Ahora tiene que aprender también a convivir con lo que significa tener una masa social movilizada y mucho más exigente.

Exigir más no significa necesariamente exigirlo todo inmediatamente

Aquí está probablemente la parte más complicada del debate.

El Espanyol tiene que ser exigente. No puede conformarse eternamente con salvarse en la última jornada ni convertir la permanencia en el techo natural del club. Con la masa social que tiene, el estadio, la ciudad deportiva, la nueva propiedad y una dirección deportiva encabezada por Monchi, sería absurdo pedirle al aficionado que no aspire a más.

Pero aspirar a más tampoco significa que todo tenga que suceder inmediatamente.

El nuevo proyecto apenas acaba de empezar. Monchi ha completado su primer mercado. Algunos fichajes todavía están entrando en el equipo. Hay futbolistas jóvenes que necesitan tiempo. Y el entrenador debe demostrar ahora si puede hacer evolucionar una plantilla que tiene más recursos que las anteriores.

La exigencia puede acelerar el crecimiento. La ansiedad, en cambio, puede terminar frenándolo.

El partido contra el Elche tampoco puede esconderse detrás de ese argumento

Ahora bien, pedir perspectiva tampoco debería convertirse en una coartada para justificar cualquier cosa.

Lo del Elche fue malo. Muy malo. Nefasto.

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El Espanyol jugó durante prácticamente todo el encuentro en superioridad y fue incapaz de imponer el partido que necesitaba. Faltó velocidad, movilidad, agresividad, claridad y capacidad para reaccionar. El equipo transmitió nervios y terminó completamente descompuesto.

Eso merece crítica.

Manolo lo sabe, Monchi lo sabe y los futbolistas también deberían saberlo. Precisamente porque el club quiere crecer, partidos así tienen que dejar consecuencias deportivas: correcciones, cambios, trabajo y una respuesta.

La cuestión no es esconder el desastre. La cuestión es decidir si un desastre obliga automáticamente a romperlo todo.

El espanyolismo corre el riesgo de vivir permanentemente en los extremos

Hay una tendencia que se está viendo bastante alrededor del Espanyol. Cuando las cosas funcionan, aparece rápidamente la ilusión por mirar hacia Europa. Cuando llegan dos resultados malos, vuelve el miedo a que todo se desmorone.

Entre una cosa y la otra existe una temporada entera.

Y quizá ahí esté uno de los aprendizajes que necesita también el entorno. Este club viene de demasiados años de golpes, descensos, ascensos, cambios de entrenadores, proyectos fallidos y temporadas vividas al límite. Es comprensible que exista poca paciencia. Cada señal de peligro activa recuerdos que nadie quiere repetir.

Pero vivir permanentemente esperando la siguiente catástrofe tampoco ayuda demasiado.

La polarización alrededor de Manolo empieza a resultar peligrosa

Las redes sociales han acelerado todavía más ese fenómeno. Cada opinión sobre Manolo parece necesitar inmediatamente una etiqueta.

Si lo defiendes, eres “manolista”. Si lo criticas, “antimanolista”. Si recuerdas sus méritos, parece que estás justificando lo del Elche. Si señalas sus errores, parece que quieres borrar el ascenso y las permanencias.

Es agotador.

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Un entrenador puede haber hecho cosas muy buenas y estar equivocándose ahora. Un aficionado puede pedir paciencia y estar enfadadísimo con el último partido. Otro puede considerar que el ciclo debe terminar y seguir reconociendo todo lo que Manolo ha dado al Espanyol.

El fútbol debería permitir esos matices.

Monchi ha elegido estabilidad y ahora necesita que el campo le dé argumentos

La decisión ya está tomada. Manolo continúa.

Y esto cambia bastante el escenario porque elimina durante unos días el debate sobre qué hará el club. Monchi ha escogido estabilidad. Ahora toca comprobar qué hace Manolo con ella.

Tiene tres semanas. Tiempo para revisar conceptos, recuperar futbolistas, cambiar jerarquías si lo considera necesario, trabajar la estructura defensiva y encontrar soluciones ofensivas.

No se le puede pedir que transforme completamente al equipo en quince entrenamientos. Sí se le puede pedir que, cuando vuelva la competición, se vea que ha pasado algo durante el parón.

Málaga será una prueba, pero convertirlo en un ultimátum tampoco ayudaría

El regreso será ante el Málaga. Y después de todo este ruido, inevitablemente el partido tendrá una carga especial.

No consta que sea un ultimátum. Tampoco debería convertirse artificialmente en uno.

Pero sí será el primer momento para comprobar si el equipo ha aprovechado estas semanas. Si vuelve a competir, si recupera orden, si aparecen soluciones nuevas y, sobre todo, si vuelve a transmitir seguridad.

Porque posiblemente eso sea lo que más necesita ahora mismo el Espanyol. No una goleada que cambie todas las opiniones de golpe. Algo bastante más básico: volver a reconocerse.

Nunca fuimos tantos y quizá nunca habíamos esperado tanto

Y volvemos al principio.

El Espanyol tiene más gente, más ilusión, una propiedad nueva, un director deportivo de primer nivel y una masa social que quiere dejar atrás definitivamente los años de supervivencia. Todo eso es bueno.

Muy bueno.

Pero también obliga a aprender a gestionar una exigencia nueva.

El aficionado tiene derecho a enfadarse. Tiene derecho a pedir más. Tiene derecho a cuestionar a Manolo, a Monchi, a los jugadores y a quien considere cuando el equipo ofrece una imagen como la del viernes.

Lo único que quizá convenga preguntarse es si cada derrota debe convertirse inmediatamente en una crisis existencial.

Porque si el Espanyol quiere construir algo estable, necesitará inversión, buenos futbolistas, buenos entrenadores y decisiones acertadas. Pero también necesitará algo que durante demasiados años ha resultado casi imposible encontrar alrededor del club: tiempo para distinguir una mala noche de un problema estructural.

La exigencia es necesaria. Incluso saludable. La cuestión está en conseguir que empuje al Espanyol hacia arriba y no que termine devorándolo desde dentro.