Hay partidos que se pierden y ya está. Y hay otros que se quedan dentro. El derbi de la primera vuelta en el RCDE Stadium fue de esos que todavía escuecen, quizá incluso más ahora que entonces. No solo por el 0-2 final, que ya fue castigo duro para lo que se vio sobre el césped, sino porque muchos en el espanyolismo siguen viendo aquel 3 de enero como el último gran partido de un equipo que venía lanzado, con una segunda mitad de 2025 magnífica y con la sensación de que podía discutirle casi cualquier cosa a cualquiera.

Aquella noche, el Espanyol no solo compitió ante el Barça. Fue mejor durante muchos tramos y estuvo más cerca del premio que de la derrota. Pero apareció Joan García para sostener a los azulgranas y, cuando el partido ya pedía justicia perica, llegó el golpe final de la calidad culé. Dani Olmo en el 86, Lewandowski en el añadido y un resultado que dejó un sabor rarísimo. De esos que no se olvidan. De esos que, si eres perico, todavía te hacen apretar la mandíbula.
Aquel 3 de enero dejó algo más que una derrota
Porque el problema no fue solo perder. El problema fue cómo se perdió. El Espanyol había generado, había sujetado bien el partido y había dado una imagen muy seria ante un rival de máximo nivel. Roberto tuvo las suyas, Pere Milla también, Dmitrovic respondió cuando tocó y el equipo de Manolo González dejó una de sus actuaciones más completas del curso. Lo que faltó fue rematarlo. O, como mínimo, no salir de allí con las manos vacías.

Y ahí es donde mucha gente sitúa el principio del bajón. No como una explicación total, porque el fútbol nunca va por una sola carretera, pero sí como un golpe moral importante. Uno de esos partidos que te dejan pensando demasiado en lo que pudo ser. Uno de esos que, si caen de tu lado, quizá te empujan todavía más hacia arriba… y, si se escapan así, te dejan tocado.
Del mejor Espanyol de 2025 a una racha que se ha hecho eterna
Hasta aquel derbi, el Espanyol era una de las historias más bonitas de la Liga. Había cerrado 2025 en una posición privilegiada, con fútbol, con personalidad y con una estructura bastante clara. El equipo concedía poco, competía mucho y tenía ese punto de confianza que hace que hasta los partidos igualados caigan de tu lado.

Pero desde entonces no ha vuelto a ganar. Son trece partidos sin triunfo. Una racha demasiado larga para un equipo que llegó a instalarse entre los cinco primeros y que ahora vive con la calculadora puesta para cerrar de una vez la permanencia matemática. En medio ha habido de todo: pérdida de solidez defensiva, bajón de rendimiento de piezas importantes, golpes anímicos, arbitrajes que han ido encendiendo todavía más al entorno y una segunda vuelta mucho más dura de lo que parecía cuando todo sonreía.
La herida del derbi también explica el presente
Por eso el partido de este sábado en el Camp Nou tiene algo especial, incluso dentro de lo especial que ya es siempre un Barça-Espanyol. Porque enfrente estará otra vez el rival contra el que muchos pericos sienten que empezó esta cuesta abajo. Casi como si el fútbol hubiera dejado una cuenta pendiente abierta aquella noche de enero.

No es una idea científica ni falta que hace. Es una sensación. La de que el Espanyol mereció más aquel día. La de que el 0-2 fue demasiado castigo. La de que, desde entonces, al equipo le han pasado demasiadas cosas malas seguidas como para no mirar atrás y pensar que allí hubo un punto de inflexión.
También hay señales para agarrarse
La buena noticia, dentro de todo, es que el empate ante el Betis dejó una imagen distinta. Sin brillantez arriba, sí, pero con más orden, más compromiso y con la portería a cero por primera vez en meses. El Espanyol volvió a parecerse un poco a ese equipo fiable que había sido antes de que todo se torciera.

Y eso le da un pequeño sentido poético a este nuevo derbi. Porque si fue ante el Barça donde se apagó una de las mejores versiones del equipo, quién sabe si no puede ser también ante el Barça donde empiece a encenderse otra vez. No hace falta hablar de milagros. Ni siquiera de grandes gestas. A veces basta con un partido que te devuelva algo tan simple y tan importante como la fe.
El fútbol le debe una al Espanyol
Esa es, seguramente, la idea que flota en muchos pericos al pensar en este sábado. Que el fútbol le debe una al Espanyol desde aquel aciago 3 de enero. No por caridad. No por compensación mágica. Se la debe porque aquel equipo hizo mucho para ganar o, al menos, para no perder de esa manera. Y porque después ha acumulado demasiadas noches torcidas, demasiados detalles en contra y demasiados partidos escapándose por muy poco.

El Camp Nou no parece precisamente el lugar más amable para ir a cobrar deudas pendientes. Nunca lo ha sido. Pero el fútbol también tiene estas bromas. Te golpea donde más duele… y a veces te devuelve algo justo cuando nadie lo esperaba.
Un derbi para romper más de una racha
El reto es enorme. Ganar al Barça ya sería romper una barrera histórica por sí sola. Pero para este Espanyol habría algo más. Sería cortar la mala racha de resultados, cerrar una herida emocional y, de alguna manera, reconciliarse con una parte de la temporada que se torció justo después de haber tocado su techo.
No será fácil. Seguramente será sufridísimo. Y nadie necesita que le expliquen el tamaño del rival. Pero también es verdad que el Espanyol ya le hizo daño al Barça en la primera vuelta, que le discutió el partido de cara a cara y que llegó a sentir que podía tumbarlo.
A veces el fútbol tarda meses en devolverte una jugada. Quizá demasiado. Quizá este sábado no toque. O quizá sí. Y si alguna vez tiene que aparecer eso que llaman justicia poética, sería bonito que empezara precisamente contra el mismo rival que dejó al Espanyol mirando al vacío aquella noche de enero.







