OPINIÓN | La pirámide del Espanyol: Dieter Wiggert señala a la propiedad como principal responsable de la crisis del club

14 de octubre de 2026
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Resumen: Dieter Wiggert considera que la crisis del Espanyol no puede explicarse únicamente por los resultados de Manolo González. En su artículo de opinión, el autor construye una pirámide de responsabilidades que empieza por una afición que sostiene al club sin sentirse escuchada, continúa con unos jugadores cuyo rendimiento cuestiona y un entrenador al que considera agotado, y termina en Monchi y la propiedad. Su principal crítica apunta a Alan Pace y a la falta de inversión en la plantilla, que a su juicio condiciona todas las decisiones deportivas. Wiggert reclama recursos económicos, transparencia, estabilidad y un proyecto que vaya más allá de las buenas palabras.

Cinco puntos clave

    • La afición, en la base: Wiggert considera que los seguidores sostienen al Espanyol, pero tienen poca influencia en las decisiones del club.
    • Críticas a jugadores y entrenador: cuestiona la competitividad de la plantilla y cree que Manolo González debería haber dejado el banquillo en verano.
    • Monchi también tiene responsabilidad: el autor pone en duda el rendimiento de los fichajes, aunque reconoce las limitaciones económicas del director deportivo.
    • Alan Pace, principal señalado: Wiggert reclama explicaciones sobre la estructura de poder, la capacidad inversora y el proyecto de la nueva propiedad.
    • Sin inversión no hay proyecto: defiende que el Espanyol necesita dinero, planificación y capacidad para retener el talento de su cantera.

La afición del Espanyol, una base que sostiene al club sin sentirse escuchada

La pirámide que plantea Dieter Wiggert empieza por quienes siempre están ahí: los aficionados. Una masa social que sigue acompañando al Espanyol pese a las decepciones deportivas, pero que, según el autor, apenas tiene capacidad para influir en el rumbo de la entidad. Wiggert lamenta que se reclame fidelidad, paciencia y apoyo incondicional a unos seguidores que no reciben a cambio las explicaciones que consideran necesarias. Su crítica no se limita a los resultados. También apunta a la distancia entre quienes dirigen el club y quienes lo sienten como algo propio. La afición continúa llenando las gradas, defendiendo los colores y sufriendo cada tropiezo, pero tiene la sensación de que sus preocupaciones no llegan a los despachos. En su opinión, los pericos ocupan el escalón inferior de la pirámide y, al mismo tiempo, soportan buena parte del peso de todo lo que ocurre por encima. Este es el escrito:

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La Pirámide del Espanyol: el problema está arriba

Después de los partidos contra el Elche y el Málaga, he seguido con atención los programas y debates de los medios informativos pericos. Se habla del entrenador, de Monchi, de los jugadores… Y se repiten palabras que empiezan a ponerme enfermo: proyecto, manolistas y antimanolistas, transparencia.

Sin embargo, creo que podríamos enfocar el debate de otra manera. Nos entretenemos discutiendo sobre las consecuencias, pero quizá no dedicamos suficiente tiempo a analizar las causas. Por eso propongo una perspectiva distinta: la Pirámide del Espanyol.

La base: la afición

Abajo estamos nosotros, los hinchas. Somos multitud, sostenemos el sentimiento perico y seguimos acompañando al equipo a pesar de las decepciones. Pero, a la hora de la verdad, parece que no pintamos nada. Somos mero atrezzo: sin voz ni voto.

Cuanto más cariño demostramos por el club, más golpes nos llevamos. Cuanto más confiamos en quienes lo dirigen, menos empatía, cercanía y comprensión recibimos. Y de transparencia, prácticamente nada.

Se nos pide paciencia, fidelidad y apoyo incondicional. Y lo damos. Pero ¿qué recibimos a cambio? ¿Información clara? ¿Explicaciones convincentes? ¿Un proyecto que nos permita mirar al futuro con ilusión?

La sensación es que la afición ocupa el lugar más bajo de la pirámide, pero carga con el peso de todo el edificio.

Un escalón más arriba: los jugadores

El nivel de exigencia parece bajo, la autocrítica escasea -a veces es mejor no escuchar determinadas entrevistas- y los resultados son decepcionantes.

Hemos normalizado ver cómo un rival con balón corre mucho más rápido que uno de los nuestros sin él. También parece habitual que haya futbolistas incapaces de mantener el ritmo durante los noventa minutos. No son detalles aislados: forman parte de una sensación de impotencia que se repite partido tras partido.

Y hay algo que no deberíamos olvidar: más allá de los números, el equipo no nos hace disfrutar. Los encuentros se convierten en una sucesión de errores, decisiones incomprensibles y despropósitos. Nosotros, mientras tanto, sufrimos.

Por supuesto, se puede perder. Lo que cuesta aceptar es perder sin transmitir competitividad, sin ofrecer respuestas y sin que parezca existir una autocrítica proporcional a lo que ocurre sobre el césped.

El siguiente escalón: el cuerpo técnico

Aquí llegamos a Manolo González y al debate entre manolistas y antimanolistas.

Entiendo que Manolo tenga admiradores y detractores. Pero esto es un negocio en el que los resultados y el rendimiento se pueden medir. La discusión no debería convertirse en una cuestión de fidelidades personales.

Ningún club del mundo mantendría en el cargo a un entrenador con un balance tan pobre sin tomar medidas. ¿En qué momento la paciencia deja de ser una virtud y se convierte en una excusa para no tomar decisiones?

Personalmente, desde los amistosos de pretemporada y los primeros partidos oficiales, tenía la impresión de que acabaría abriéndose un cisma alrededor de la figura del entrenador. Los síntomas estaban ahí y era previsible que la situación terminara enquistándose.

A mi juicio, tendríamos que haber empezado la temporada con otro técnico.

Por encima del cuerpo técnico: Monchi y sus asesores

Y llegamos a Monchi, presentado por muchos como la gran salvación de los pericos.

Su trayectoria gloriosa en Sevilla generó expectativas. Sus experiencias posteriores fuera de España no han tenido siempre el mismo éxito, pero su llegada despertó ilusión y, sobre todo, transmite algo que la afición llevaba tiempo reclamando: comunicación.

Ahora bien, la comunicación no puede sustituir a los resultados.

Hasta el momento, su balance de incorporaciones es de seis jugadores cedidos y uno llegado mediante traspaso. Salvo alguna excepción puntual, el rendimiento de los fichajes está muy lejos de lo que esperábamos. La vuelta de Javi Hernández es una de las pocas notas positivas.

Basta repasar algunos nombres para entender las dudas que genera la planificación: Unai Núñez, que llegaba con un papel muy secundario en su equipo; Gorosabel, lesionado y descartado por el Athletic; Calatrava, convertido en una apuesta importante que está evidenciando lo difícil que resulta dar el salto de Segunda a Primera; y Moscardó, propiedad del Paris Saint-Germain, pero condenado al ostracismo.

También habría que preguntarse por casos como los de Terrats o Koleosho, futbolistas que aquí parecían no encontrar su sitio y que, lejos del Espanyol, han vuelto a tener recorrido. Son situaciones que invitan a reflexionar.

Monchi debe acertar. Lo que no puede hacer es convertir recursos limitados en una plantilla extraordinaria por arte de magia.

Y aquí empezamos a acercarnos al verdadero problema.

En la cúspide: los propietarios

Subamos hasta la parte más estrecha de la pirámide. Allí están quienes tienen el poder real de decisión: los propietarios.

Mientras abajo estamos los aficionados, cada vez más numerosos, en la zona noble encontramos palcos, copas de champán y una distancia creciente respecto a quienes sostienen sentimentalmente el club.

Al principio, para acercarse a la afición y transmitir una imagen de proximidad, Pace se tomaba una cerveza con sus «súbditos». Pero las fotografías, los gestos y las buenas palabras solo sirven durante un tiempo. Cuando las cosas se tuercen, lo que cuentan son los hechos.

Y los hechos son lo que necesitamos conocer.

¿Quién acompaña realmente a Pace en la toma de decisiones? ¿Quién tiene la última palabra? ¿Qué papel siguen desempeñando las personas vinculadas a la anterior etapa? Mao Ye continúa como CEO, pese a ser una figura poco querida por el entorno perico. Su continuidad, junto con las dudas sobre cómo se estructura realmente la dirección del club, no contribuye a despejar la sensación de opacidad.

¿De verdad queremos comparar a Chen con Pace?

Chen invirtió mucho dinero durante los primeros años de su etapa al frente del club. Podemos discutir sus decisiones, sus errores y el desenlace de aquella aventura, pero negar esa inversión sería injusto. Pace, en cambio, se encuentra al frente de un fondo de inversión cuya capacidad o voluntad de aportar recursos resulta, como mínimo, cuestionable.

¿No se invierte porque no se quiere o porque no se puede? La diferencia puede ser importante para los propietarios, pero las consecuencias para el equipo son las mismas: falta dinero para construir una plantilla competitiva.

La tarjeta de presentación de Pace es también el Burnley, un club inglés cuya trayectoria deportiva reciente no invita precisamente a idealizar su modelo de gestión. Si ese recorrido no constituye una garantía inequívoca de éxito, ¿por qué lo recibimos como si fuera el nuevo Mesías?

La respuesta quizá sea más sencilla de lo que parece: porque llevamos demasiado tiempo sufriendo. Cuando una afición está desesperada, cualquier promesa de mejora despierta esperanza. Nos agarramos a la posibilidad de que las cosas cambien porque necesitamos creer que, por fin, alguien va a devolvernos la ilusión.

Yo lo tengo claro: los máximos responsables de la situación actual son los nuevos propietarios. Han cogido el club sin invertir nada de nada en lo que realmente importa: dotar al equipo de los recursos necesarios para competir. Y así no se puede.

Sin inversión no hay proyecto

Este es el punto clave de toda la pirámide: la inversión.

Sin dinero no vamos a ninguna parte. Podemos contratar a un director deportivo de prestigio, fichar a un entrenador con buenas ideas y pedir compromiso a los jugadores. Pero, si no hay recursos suficientes, todo termina siendo una sucesión de parches.

¿Qué queremos? ¿Desfilar entre los equipos mejor vestidos de la competición llevando trapos? ¿Aspirar a competir de verdad mientras fichamos los retales que otros clubes no necesitan?

La falta de inversión condiciona absolutamente todo.

Monchi tiene que buscarse la vida en el mercado, recurrir a cesiones y encontrar oportunidades donde otros encuentran descartes. El entrenador tiene que trabajar con una plantilla en la que la calidad y el fondo físico no siempre están a la altura de las exigencias de la competición. Y los jugadores acaban compitiendo en Primera División cuando, por su nivel, parecen más propios de Segunda o de Primera RFEF.

Después llega la frustración. Los resultados no acompañan, la afición se divide y el entrenador se convierte en el principal señalado. Se cambia al técnico, se renueva el discurso y se vuelve a empezar. Pero la estructura que origina el problema continúa intacta.

No olvidemos que somos un club acostumbrado a devorar entrenadores. Y, al mismo tiempo, escuchamos hablar constantemente de proyectos. ¿Qué proyecto puede consolidarse si cada temporada estamos dispuestos a empezar de nuevo, mientras los recursos económicos siguen siendo insuficientes?

Es el colmo hablar de estabilidad cuando se despide a entrenadores una y otra vez. Es el colmo hablar de ambición cuando no se invierte lo necesario. Y es el colmo pedir paciencia a la afición mientras se le ofrecen más promesas que certezas.

¿Y la cantera?

La cantera es uno de nuestros grandes orgullos. Nadie lo discute. El Espanyol tiene una tradición formativa que debe proteger y potenciar.

Pero también aquí nos encontramos con una contradicción evidente: ¿cómo vamos a construir un proyecto alrededor de nuestros jóvenes si cualquier club con suficiente dinero puede llevarse al jugador que le interese?

Formar talento es fundamental, pero no basta con hacerlo crecer. También necesitamos capacidad para retenerlo, ofrecerle una trayectoria deportiva atractiva y construir un primer equipo que le permita desarrollarse. De lo contrario, la cantera corre el riesgo de convertirse en una fuente de recursos para otros clubes, en lugar de ser uno de los pilares del nuestro.

La cantera necesita planificación, continuidad y medios. Exactamente lo mismo que el primer equipo.

Y volvemos al principio: al dinero, a la inversión y a las decisiones de quienes están en la cúspide.

La pirámide no se sostiene con palabras

Mientras no haya una inversión suficiente y una estrategia creíble, seguiremos dando vueltas a los mismos debates. Discutiremos sobre Manolo y sus posibles sucesores, sobre Monchi y sobre los jugadores. Nos dividiremos entre partidarios y detractores, y volveremos a escuchar la palabra proyecto en cada presentación.

Pero un proyecto no es una palabra bonita. No es una campaña de comunicación ni una declaración de intenciones. Un proyecto necesita dinero, planificación, estabilidad y personas dispuestas a asumir responsabilidades.

A los jugadores debemos exigirles rendimiento. Al entrenador, capacidad de dirección. A Monchi, acierto en la planificación deportiva. Pero a los propietarios debemos exigirles algo previo y fundamental: que aporten los recursos y establezcan las condiciones necesarias para que los demás puedan hacer bien su trabajo.

No podemos pedir resultados extraordinarios con medios insuficientes y después culpar exclusivamente a quienes trabajan en los escalones inferiores.

La afición seguirá estando en la base de la pirámide. Seguirá animando, sufriendo y defendiendo al Espanyol, porque nuestro vínculo con el club va mucho más allá de los resultados. Pero ese compromiso no puede ser una excusa para que quienes dirigen la entidad eludan sus obligaciones.

El Espanyol no necesita más palabras sobre proyectos. Necesita inversión, transparencia, planificación y una propiedad que demuestre con hechos que quiere construir un club competitivo.

Porque, si quienes están arriba no ponen los medios, todo lo que hagamos abajo serán parches. Y nosotros, los de siempre, seguiremos pagando las consecuencias: cabreados, frustrados y preguntándonos por qué nada cambia.

La pirámide del Espanyol tiene un problema. Y, para mí, está claro dónde debemos buscar al principal responsable: arriba, en la cúspide, donde se toman las decisiones y donde debe empezar el cambio.

Dieter Wiggert