
En Barcelona, hablar de Albert Raurich es hablar de una de las figuras importantes de la alta cocina de las últimas décadas. Formado en la Escuela de Hostelería de Barcelona, pasó once años como jefe de cocina en elBulli junto a Ferran Adrià y después levantó proyectos como Dos Palillos, distinguido con una estrella Michelin en 2012, Dos Pebrots o el más reciente Absis, en el MNAC. Pero detrás de esa trayectoria aparece otra historia bastante menos conocida: la de un culé de familia que decidió hacerse del Espanyol por voluntad propia y contra todo lo que tenía alrededor.
“Toda mi familia es culé”
Raurich explicó recientemente en una entrevista con el podcast Semeantoja 1906 de Montagud, espacio digital conducido por Javi Antoja, reconocido seguidor perico, que su historia con el Espanyol no nació por herencia familiar, más bien al revés. Lo contó entre risas: «Toda mi familia es culé. No tengo ningún parentesco que no sea del Barça. Y yo de joven iba al Camp Nou, hasta que con catorce o quince años me mezclé con ‘mala gente’». La frase tiene gracia, pero también explica bastante bien el punto de partida: su relación con el Espanyol empezó casi como una pequeña rebelión adolescente.
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Sarrià cambió el rumbo de su afición
Aquellos nuevos amigos lo llevaron a Sarrià, y ahí cambió todo. El ambiente, la cercanía, la identidad del estadio y esa sensación de club vivido de otra manera acabaron atrapándolo. Raurich lo recordó así: «Comencé a ir al Espanyol, a Sarrià, con estos nuevos amigos y me hice socio. Mi padre no me lo perdonó en la vida. Cada vez que el Espanyol perdía me llamaba: «¿Qué, hijo, qué? ¿Vas a volver o qué?»». No volvió. Y con el tiempo, aquella decisión dejó de ser una “gamberrada” de juventud para convertirse en una parte real de su identidad.
Ser perico en una familia culé
El propio chef reconoce que la elección no fue precisamente cómoda dentro de casa. «En mi familia todos culés, me han machacado por todos lados. Pero lo tengo interiorizado y no tengo ningún problema. Soy futbolero, me gusta el fútbol, me hice socio y he sido socio muchos años», explicó. Hay algo bastante perico en esa historia: elegir el club no porque te lo pusieran delante, sino porque te conectó con algo que sentías como propio.
Una fidelidad que sobrevivió a la etapa más dura de su carrera
Su vínculo con el Espanyol siguió vivo incluso cuando la cocina empezó a ocuparlo todo. Durante su etapa en elBulli, la exigencia profesional era extrema. Raurich lo recuerda con una frase que también habla bastante de su forma de trabajar: «Dejé de ser socio cuando me fui al Bulli. Allí nunca falté, era tal mi disciplina que ni pedía días de fiesta». Esa rutina no dejaba demasiado margen para escapadas futboleras, pero hubo una excepción que se convirtió en recuerdo para toda la vida.
Glasgow 2007, la excepción que lo cambió todo por un día
La final de la UEFA de 2007 llevó al Espanyol hasta Glasgow y también acabó rompiendo, aunque fuera por unas horas, la disciplina casi militar que Raurich mantenía en Cala Montjoi. Él mismo explicó cómo ocurrió: «Juli Soler le fue a Ferran Adrià y le dijo: ‘El Espanyol tiene una final de UEFA en Escocia, dale a Albert permiso para que se vaya’. Y yo dije: ‘¿qué dices? Ni en coña’. Ferran es superculé y Juli también era superculé, pero Ferran me dio permiso, me saqué el billete y la entrada y ahí estuvimos en Glasgow».
De los fogones de elBulli a una final europea del Espanyol
La escena tiene algo casi de película: dos culés convencidos, Ferran Adrià y Juli Soler, facilitando que Raurich pudiera cumplir uno de esos viajes que cualquier aficionado guarda para siempre. Glasgow no terminó como todos los pericos querían, pero para él fue una noche irrepetible. Y quizá también una de las pruebas más claras de hasta qué punto aquel sentimiento nacido en Sarrià seguía intacto pese a los años y al ritmo de una carrera que apenas dejaba aire.
Una forma de entender la vida que también aparece en su relación con el Espanyol
Raurich ha construido su carrera desde la disciplina, la exigencia y una idea muy clara de lo que quiere hacer. Su relación con el Espanyol parece seguir una lógica parecida. No eligió el camino fácil ni el que le venía dado por familia. Eligió el suyo. Y lo hizo sabiendo que eso implicaba bromas, llamadas después de cada derrota y una cierta condición de rara avis dentro de casa.
Sarrià, familia culé y una decisión que ya no tuvo vuelta atrás
Hay historias de afición que llegan por herencia, otras por barrio, otras por una camiseta. La de Albert Raurich fue distinta. Llegó por curiosidad, se consolidó en Sarrià y sobrevivió a todo lo que vino después. Años más tarde, ya convertido en una referencia internacional de la gastronomía, sigue explicando con naturalidad que se hizo del Espanyol porque quiso. Y seguramente ahí está lo más bonito de toda la historia.
Un chef Michelin con alma blanquiazul
La alta cocina le dio prestigio, viajes y una trayectoria enorme. El Espanyol le dio otra cosa: una identidad elegida. De Sarrià a Glasgow, de elBulli a Dos Palillos, la historia de Albert Raurich también puede leerse como la de alguien que nunca tuvo problema en ir a contracorriente. En la cocina y en el fútbol, parece que siempre tuvo bastante claro que prefería decidir por sí mismo.








