En junio de 1926, el RCD Espanyol se embarcó en una aventura única que lo convirtió en pionero entre los grandes clubes españoles. Un siglo después, aquella gira por Sudamérica sigue siendo una de las mayores gestas de la historia blanquiazul.
En junio de 1926, el Real Club Deportivo Español hizo algo que hoy suena casi a película. No una de esas historias modernas de fútbol con aviones privados, hoteles perfectos y calendarios medidos al segundo. Esto fue otra cosa. Fue un barco enorme, una expedición larguísima, campos desconocidos, rivales durísimos, viajes interminables, nieve, mulas, lesiones, homenajes y una camiseta blanquiazul cruzando el Atlántico cuando viajar así todavía tenía algo de aventura de verdad. El Espanyol no fue a América a posar. Fue a competir, a sobrevivir y a enseñar que el fútbol español también podía plantar cara lejos de casa.
Una historia recuperada en 2021 por La reconquista de América
Para entender bien aquella gira hay que apoyarse en un libro que ya se publicó hace unos años, en 2021, pero que sigue siendo una obra de referencia para cualquier perico que quiera conocer esta parte de la historia del club: La reconquista de América, firmado por nuestra añorado Jordi Puyaltó y José Antonio Pastor, destacado periodista deportivo e historiador costarricense, reconocido como el principal autor de la literatura oficial y la historia del Deportivo Saprissa y también, un perico de corazón.
La obra recuperó con muchísimo detalle aquella expedición, con crónicas, fotografías, recortes de prensa americana, anécdotas y contexto. No es un libro recién aparecido ahora, pero justo por eso tiene todavía más valor: hace ya tiempo que esta historia estaba bien documentada, y aun así sigue siendo una de esas gestas que el espanyolismo debería tener mucho más presente.
El Espanyol de 1926: Sarrià, deudas y necesidad de mirar lejos
La gira no se puede separar del momento que vivía el club. El Espanyol había hecho un esfuerzo enorme con Sarrià y arrastraba problemas económicos importantes. La construcción del campo, los retrasos, las obras inacabadas y las urgencias del día a día obligaban a buscar ingresos donde fuera. La familia De la Riva había tenido un papel decisivo para mantener vivo al club, comprar terrenos y levantar un proyecto que algunos ya daban casi por muerto. En el libro se recuerda una frase atribuida a Genaro de la Riva que explica de golpe todo ese espíritu: “Mientras yo viva, el Español vivirá…Y si no tiene campo, no se preocupe, yo le compraré uno”. Más perico, imposible. Orgullo, resistencia y una fe bastante difícil de explicar si no la llevas dentro.
Zamora, el gran reclamo de una expedición de otro tiempo
El Espanyol necesitaba dinero, sí, pero también tenía algo que pocos clubes podían ofrecer: Ricardo Zamora. El “Divino” era una estrella internacional, un futbolista capaz de llenar campos solo con su nombre y un portero que ya tenía fama mundial. En América, donde el fútbol argentino y uruguayo estaban en plena fuerza, Zamora era el gran gancho. Por eso los empresarios que impulsaron la gira entendieron que llevar al Espanyol era una apuesta atractiva. Zamora abría puertas, vendía entradas y despertaba una curiosidad enorme al otro lado del océano.
El 4 de junio de 1926 empezó el viaje en el Principessa Mafalda
La expedición salió de Barcelona el 4 de junio de 1926 a bordo del Principessa Mafalda, un transatlántico italiano que cubría la ruta hacia Sudamérica. El barco era uno de esos hoteles flotantes de la época, con una imagen imponente y un punto casi de novela antigua. A bordo viajaban directivos, jugadores, cuerpo técnico y también el periodista José Luis Lasplazas, cuyas crónicas ayudaron a seguir la aventura desde España. Al frente iba Genaro de la Riva, con Paco Bru como entrenador. El viaje hasta Buenos Aires duró 17 días. Solo eso ya da una idea de lo que significaba la gira: antes de jugar el primer partido, el Espanyol ya había vivido media aventura.
Una expedición con base perica y refuerzos de peso
El grupo tenía a Ricardo Zamora como figura central, pero no era un equipo montado solo para enseñar al portero. Viajaban futbolistas del Espanyol como Ricardo Saprissa, Conrado Portas, Ramón Trabal, Patricio Caicedo, Pedro Colls, Martín Vantolrà, Teodoro Mauri, Rafael Oramas, José Padrón, Mariano Yurrita o Crescento Olariaga. También se sumaron refuerzos como Desiderio Esparza, del Tolosa; Eduardo Cubells, del Valencia; y Juan Urquizu, de Osasuna. Más adelante se incorporaron jugadores del Real Madrid como Félix Pérez, Patricio Pedro Escobal, Félix Quesada y Cándido Martínez. El Espanyol viajó con un equipo preparado para competir, no solo para hacer caja.
América no esperaba un paseo blanquiazul
El reto era enorme. En Argentina todavía pesaba el mal recuerdo de una gira vasca de 1922 que había acabado bastante mal, con resultados pobres, problemas organizativos y críticas. Había recelo. Incluso desde Madrid se promovieron voces contrarias al viaje. Algunos pensaban que el Espanyol podía salir muy tocado al medirse a argentinos y uruguayos, que por entonces estaban entre los grandes referentes mundiales. Uruguay venía de ser campeón olímpico en 1924 y era visto casi como el mejor equipo del mundo antes de que existiera oficialmente el Mundial. El Espanyol no viajó a una zona menor del fútbol. Fue a jugar donde el balón ya se vivía con una pasión enorme y con un nivel altísimo.
Buenos Aires recibió al Espanyol como si llegara una selección
El Principessa Mafalda llegó a Buenos Aires el 21 de junio. Y allí la expedición se encontró con una recepción que ya marcó el tono de la gira. Cientos de aficionados, dirigentes y periodistas esperaban a los jugadores. Hubo representantes de la Asociación Argentina, del Centro Catalán y de la Casa de Galicia. La expectación era enorme, sobre todo por ver a Zamora. La prensa local seguía cada paso del equipo y los curiosos se acercaban al hotel para ver de cerca a aquellos futbolistas venidos de Barcelona. El Espanyol empezó a notar desde el primer día que aquello no era una excursión cualquiera: América quería verlos. Y juzgarlos.
El “mago guardavalla” que rompía esquemas
En Sudamérica, Zamora fue bautizado como “el mago guardavalla”, una expresión preciosa y muy de época. Lo que más llamaba la atención no era solo que parara mucho. Era cómo jugaba. En Argentina sorprendía que saliera del área, que despejara con los pies y que actuara casi como un defensa más cuando el equipo lo necesitaba. En un fútbol donde los porteros no acostumbraban a alejarse tanto de la portería, aquello parecía algo raro, casi temerario. Pero Zamora lo hacía con naturalidad. Era un portero moderno antes de que nadie usara esa palabra para hablar de fútbol.
El debut en América: victoria ante la Zona Norte
El primer partido se jugó el 27 de junio en el campo del Sportivo Barracas ante un combinado de la Zona Norte de Buenos Aires. El Espanyol ganó 1-0 con gol de Mariano Yurrita. No era poca cosa. El equipo llegaba después de cruzar el Atlántico, con poca preparación, en un césped al que no estaba acostumbrado y ante un público que quería comprobar si los europeos estaban a la altura. En la grada estaba incluso el presidente argentino Marcelo Torcuato de Alvear. La primera noche americana del Espanyol sirvió para callar a quienes esperaban una goleada en contra y para demostrar que aquel grupo iba muy en serio.
Yurrita, Padrón y una línea media que convenció
Aquel debut dejó varios nombres propios. Yurrita firmó el gol, pero también Padrón empezó a llamar la atención por su calidad. La línea media, con jugadores como Trabal, Caicedo y Esparza, dio empaque al equipo. El Espanyol era fuerte, ordenado y más competitivo de lo que algunos habían imaginado. Zamora, claro, apareció cuando tocó. Pero la victoria no fue solo cosa del portero. El equipo mostró carácter, oficio y una capacidad de adaptación tremenda a un fútbol y a unas condiciones totalmente nuevas.
La Boca, segundo examen y otro paso adelante
El segundo partido llegó el 4 de julio ante la selección de la Zona Sur, en el campo de Boca Juniors. El ambiente fue tremendo, con aficionados incluso dentro del campo y una presión que hoy cuesta imaginar. El duelo acabó 1-1. Cubells marcó para el Espanyol tras un córner de Mauri, y Zamora volvió a sostener al equipo cuando el rival apretó. En el combinado argentino aparecían futbolistas de mucho nivel, entre ellos Guillermo Stábile, que años más tarde sería máximo goleador del Mundial de 1930. El empate confirmó que lo del primer día no había sido casualidad. El Espanyol podía competir en Argentina.
Un tercer partido que acabó desbordado por la multitud
El tercer encuentro, ante una selección de Buenos Aires, tuvo todavía más carga. El estadio estaba lleno hasta arriba, con gente en cualquier rincón desde donde se pudiera ver algo. La pasión superó al control. El partido acabó suspendido por invasión de campo con el marcador igualado. Era la prueba de que la gira estaba levantando una expectación brutal. En ese duelo participó también un joven Martí Ventolrà, de solo 19 años, que más adelante haría carrera en el Barça. La gira ya era fútbol, sí, pero también fenómeno social, ruido, caos y una mezcla de admiración y tensión alrededor del Espanyol.
Uruguay, parada mayor: Nacional y Peñarol
Después llegó Uruguay, una de las etapas más exigentes. Allí el Espanyol se midió a dos gigantes: Nacional y Peñarol. Nacional era una referencia absoluta en un país que acababa de conquistar el oro olímpico en París 1924. Ganar allí era muy difícil. Y el Espanyol lo hizo. Venció a Nacional por 0-1 y conquistó un trofeo que el libro recuerda como una de las grandes piezas simbólicas de aquella aventura. Esa victoria en Montevideo es una de las joyas de la gira y uno de esos triunfos que explican por qué esta historia merece mucho más sitio en la memoria del club.
Peñarol y el valor de competir contra los grandes del Río de la Plata
El duelo ante Peñarol volvió a medir al Espanyol con una potencia del fútbol sudamericano. No se trataba de amistosos decorativos ni de partidos de trámite. Eran encuentros ante clubes y selecciones con un nivel altísimo, en países que vivían el fútbol con una intensidad enorme. Los blanquiazules jugaban después de viajes larguísimos, homenajes, cambios de ciudad, campos nuevos y poco margen para entrenar. Cada partido era una prueba deportiva, pero también una prueba física y mental. Y el Espanyol aguantó de pie.
Una de las imágenes más curiosas de toda la gira
Para cerrar su paso por Argentina y Uruguay, el Espanyol se enfrentó a Huracán en un partido que dejó una de las imágenes más curiosas, y también más tensas, de toda aquella gira americana. El cansancio ya pesaba muchísimo en una expedición castigada por tantos encuentros seguidos y casi sin descanso, y aquello acabó notándose sobre el campo. Ante Huracán, el partido casi quedó en segundo plano por los incidentes que se vivieron. En la segunda parte, una patada de Urquizu a Prato provocó su expulsión y el partido estuvo detenido durante más de 15 minutos, porque el jugador españolista se negó a abandonar el terreno de juego y sus compañeros incluso amagaron con secundarle. Una escena muy de otra época, mezcla de agotamiento, orgullo herido y tensión acumulada tras una gira que ya empezaba a pasar factura.
La parte más increíble: cruzar los Andes en mula
Pero si hay una imagen que resume la locura de aquella gira es la travesía por los Andes. Al intentar pasar de Mendoza a Valparaíso, el tren quedó bloqueado por la nieve a más de 3.000 metros. ¿La solución? Contratar un centenar de mulas y cruzar la cordillera a lomos de animal, con frío, nieve y un camino durísimo. Paco Bru lo dejó escrito con una frase que parece sacada de una película: “Teníamos orden terminante: nadie debía apearse de la mula pasara lo que pasara”. Lo mejor es que él mismo reconoció después que fue “el primero en caer de cabeza en la nieve”. Aquí ya no hablamos solo de fútbol. Hablamos de una aventura salvaje.
Una metáfora perfecta del Espanyol
Lo de los Andes en mula tiene algo que va más allá de la anécdota. Es casi una metáfora del Espanyol de aquella época. Un club con problemas, pero con ambición. Un equipo con una estrella mundial, pero también con jugadores dispuestos a dejarse la piel. Una entidad que buscaba ingresos, sí, pero que acabó ganando prestigio. Aquel Espanyol cruzó océanos, países y montañas para defender su nombre. Y eso, contado cien años después, sigue teniendo una fuerza tremenda.
Chile, Perú y más fútbol después de la nieve
La gira continuó en Chile y Perú, con más partidos y más recibimientos. En Perú, el Espanyol volvió a dejar actuaciones destacadas. Ganó al Sport Alianza por 1-3, con goles de Olariaga y dos de Mauri, y también venció al Combinado Chalaco por 0-4, con doblete de Vantolrà y goles de Oramas y Yurrita. También empató ante Progresista, con gol de Oramas. El equipo ya llevaba semanas lejos de casa y mucho cansancio acumulado, pero seguía compitiendo. La gira no vivía solo del nombre de Zamora: también había goles, fútbol y una plantilla capaz de responder.
Cuba, último esfuerzo antes de volver
El tramo final llevó al Espanyol hasta Cuba, después de cruzar el canal de Panamá. En La Habana jugó en el estadio Almendares y cerró la aventura con más victorias. El 19 de septiembre ganó 0-4 al Iberia, con dos goles de Oramas y dos de Vantolrà. El 24 de septiembre superó a la selección cubana por 3-4, con doblete de Vantolrà, un gol de Padrón y otro de Oramas. Era el último empujón antes de regresar. El equipo estaba cansado, pero todavía tenía orgullo y piernas para cerrar la gira dejando una buena imagen.
Cuatro meses fuera de casa y regreso como héroes
El 6 de octubre de 1926, la expedición llegó a Bilbao y luego fue recibida en Barcelona como un grupo de héroes. Habían sido cuatro meses de viaje, partidos, barcos, trenes, mulas, homenajes, lesiones y emociones. Hubo coches descubiertos, recibimiento popular y discurso de Zamora en el Ayuntamiento. La ciudad reconocía una gesta enorme. Aunque Paco Bru, con esa mezcla de ironía y resignación tan propia del Espanyol, acabaría dejando una frase muy nuestra: “al domingo siguiente jugábamos en Sarrià… y la multitud fue a ver al Barça”. Dolía entonces y casi sigue doliendo ahora, pero también explica mucho del lugar que tantas veces le ha tocado ocupar al club.
Un balance que va mucho más allá de ganar o perder
La gira tuvo un balance deportivo positivo y dejó victorias de mucho prestigio, pero su valor real va más lejos que los marcadores. El Espanyol demostró que el fútbol español podía competir en América, que no estaba condenado a mirar desde abajo a argentinos y uruguayos, y que un club de Barcelona podía abrir camino en un continente que ya respiraba fútbol por todas partes. No ganó todos los partidos, ni falta que hacía. Ganó respeto. Y eso, en 1926, valía muchísimo.
El mérito de Puyaltó y Pastor: mirar también desde América
Uno de los grandes valores del libro que narra al detalle esta aventura, La reconquista de América, es que no se limita a contar la gira desde las crónicas españolas. El libro trabaja también con la prensa americana, y eso cambia mucho la mirada. Argentina, Uruguay, Chile, Perú y Cuba aparecen no como decorado, sino como escenario real de la historia. Las crónicas de medios como El Gráfico, La Nación y otras publicaciones locales ayudan a reconstruir cómo se recibió al Espanyol, qué se esperaba de él y cómo fue cambiando la opinión sobre el equipo. Puyaltó y Pastor devolvieron al espanyolismo una historia que merecía ser explicada con calma y con pruebas.
Ricardo Saprissa, otro nombre enorme dentro de la expedición
La gira también sirve para recordar figuras que forman parte del Espanyol más histórico. Ricardo Saprissa viajó como defensa y representa muy bien aquel perfil de futbolista de otra época: culto, viajado, con inquietudes y con una vida que después tendría una huella enorme en el fútbol centroamericano. No era solo una expedición de jugadores. Era un grupo humano con muchas historias dentro. Y eso también explica por qué aquella gira engancha tanto cuando se cuenta bien. El Espanyol de 1926 tenía nombres enormes más allá de Zamora, aunque Zamora fuera el faro que todos miraban.
El Espanyol abrió una puerta que otros cruzaron después
La idea central es sencilla: el Espanyol fue pionero. Antes de que las giras fueran negocio global, antes de que los clubes viajaran pensando en mercados, patrocinios y audiencias, el equipo blanquiazul ya había cruzado el Atlántico. Aquella gira sirvió para abrir camino a otros clubes españoles que años después también mirarían hacia América. Pero los primeros fueron los pericos. Y lo hicieron a su manera: con necesidad, con valentía, con Zamora, con barro, con nieve y con una historia que parece imposible.
Una gesta que el espanyolismo debería contar más
A veces el Espanyol vive demasiado pendiente de lo que duele. Descensos, arbitrajes, ventas, proyectos que no arrancan, veranos raros, años de sufrimiento. Todo eso forma parte de la historia, claro. Pero también existe esta otra parte. Un club que en 1926 se subió a un barco para competir contra algunos de los mejores. Un equipo que ganó en Montevideo, llenó campos en Buenos Aires, cruzó los Andes en mula y volvió con respeto ganado. Esta historia no es una curiosidad antigua. Es patrimonio emocional del Espanyol.
Cien años después, toca recordarlo como merece
La gira americana de 1926 merece volver al primer plano ahora que se acerca su centenario. No como una nota escondida de archivo, sino como una gran historia de club. Porque tiene todo lo que debe tener una gesta: contexto difícil, personajes enormes, viaje imposible, rivales fuertes, momentos de humor, sufrimiento, victorias y un legado. La reconquista de América, publicado en 2021, ya hizo el trabajo de recuperar la memoria con detalle. Ahora toca que el espanyolismo la vuelva a mirar. Porque antes de que muchos hablaran de cruzar fronteras, el Espanyol ya lo había hecho. Y no precisamente por el camino fácil.
El legado de una expedición irrepetible
Cien años después, aquella gira sigue teniendo algo que engancha. Quizá porque se parece mucho a lo que el Espanyol ha sido tantas veces: un club capaz de hacer cosas enormes sin que luego se le reconozcan lo suficiente. La historia completa fue recuperada en 2021 en La reconquista de América, con todo el detalle que una aventura así pedía. Y la lectura, vista desde hoy, es muy clara: antes de que las giras fueran negocio global, antes de que América fuera un mercado para los clubes europeos, antes de que todo se midiera en audiencias y patrocinios, el Espanyol ya estuvo allí. Y dejó huella con una historia preciosa detrás.















