El Espanyol volvió a irse del RCDE Stadium con la cara torcida. Otra vez. La derrota ante el Real Madrid deja al equipo de Manolo González clavado en los 39 puntos y alarga una racha que ya parece una losa: 17 partidos sin ganar en este 2026 maldito. En la primera parte, el equipo perico aguantó bastante bien el tipo, cerró espacios, se acercó al área blanca y consiguió que el partido no se rompiera demasiado pronto. Pero en la segunda mitad llegó el tramo más difícil, el de sostenerse de verdad, y ahí el Madrid golpeó con la calidad de Vinicius. Dos acciones de esas que te dejan sin mucho margen para discutir. Leandro Cabrera, capitán y uno de los jugadores que dio la cara tras el partido, no escondió el dolor: “Dolidos porque creo que durante mucho tiempo lo supimos minimizar, pero bueno, creo que en el segundo tiempo Vinicius tuvo una actuación magnífica, dos grandes actuaciones, jugadas individuales muy buenas y bueno, al final tampoco pudimos concretar nuestras ocasiones y nada, creo que es una derrota justa”.
El Espanyol aguantó un rato, pero no encontró respuesta
El partido dejó una sensación parecida a otras noches recientes: el Espanyol compite durante fases, se mantiene en pie, parece que puede aguantar, pero cuando recibe el golpe no encuentra manera de levantarse. Y eso, ahora mismo, duele casi tanto como el resultado. En la primera parte hubo orden y cierta intención, aunque faltó lo de siempre: remate, claridad y una jugada que hiciera creer de verdad al estadio. En la segunda, el Madrid aceleró cuando quiso y el Espanyol se quedó sin reacción. El problema ya no es solo perder contra un rival superior; el problema es la imagen de angustia que deja el equipo cuando el partido se le escapa.
“La racha es la que es, pero el vestuario está fuerte”
Preguntado por si el equipo se vino abajo tras el primer gol y por el peso de una racha que ya llega a 17 jornadas sin ganar, Cabrera quiso proteger al grupo. No compró la idea de un vestuario hundido, aunque el campo, por momentos, transmita otra cosa. El central fue directo: “Qué va, la racha es la que es, pero bueno, el vestuario está fuerte, estamos mentalizados en sacar los puntos en los partidos que quedan, el fin de semana que viene tenemos una final contra Sedilla y nada, obviamente es un partido en el que nos supera un rival mejor y nada, creo que no pudimos aguantar el nivel de la primera parte, si lo hubiéramos sostenido igual hubiera sido diferente, pero nada, te superan y te vas con cero puntos”. La frase tiene una parte importante: el Espanyol sabe que lo de Sevilla ya no es un partido más. Es otra cosa. Es una final con todas las letras.
La imagen del RCDE Stadium dolió casi tanto como el resultado
El final del partido dejó una estampa bastante dura. Muchos aficionados se marcharon antes del pitido final, otros se quedaron con la mirada perdida y hubo incluso lágrimas entre algunos seguidores que resistieron hasta el cierre. El banquillo también era un cuadro: caras largas, tensión, angustia. No hacía falta traducir nada. El espanyolismo está asustado, y se nota. El equipo sigue fuera del descenso, sí, pero cada semana cuesta más agarrarse solo a la clasificación. La dinámica es horrible y el calendario no perdona. Por eso, la derrota ante el Madrid no es solo una derrota lógica contra un gigante; es otro día sin ganar. Otro día con el miedo un poco más dentro.
Cabrera agradece a una afición que sigue estando pese al miedo
Cabrera, eso sí, quiso lanzar un mensaje a la afición. El central sabe que el RCDE Stadium está cansado, enfadado y preocupado, pero también sabe que la gente sigue ahí. Ante el Madrid había más de 33.000 personas al inicio, otra muestra de que el espanyolismo no ha soltado al equipo pese a todo. El uruguayo lo explicó así: “Creo que la gente responde siempre, por más que estén preocupados, porque al final la gente lo siente, lo vive el club es de ellos, sé que van a estar con nosotros hasta el final, el equipo va a dar la cara y va a sacar esta temporada adelante”. Es una frase de capitán, de las que intentan sujetar un poco el ánimo cuando todo parece tambalearse. Pero ahora el equipo tendrá que acompañarla con hechos. La grada ya ha escuchado muchas palabras.
Sevilla aparece como la gran final de la temporada
El Espanyol se queda con 39 puntos y este lunes tendrá que mirar de reojo el Sevilla – Real Sociedad. Ahora mismo el margen con el descenso sigue siendo de cinco puntos, pero si los sevillistas ganan, la diferencia se reducirá y la semana que viene en el Sánchez-Pizjuán será todavía más salvaje. Cabrera no quiso depender de lo que pase este lunes. Para él, el enfoque es claro: “Independientemente de lo que haga el Sevilla, nosotros nos lo vamos a tomar como una final vamos a ir a Sevilla a sacar los 3 puntos y a poder lograr la salvación”. Y así debe ser. Porque si algo ha enseñado esta segunda vuelta es que mirar demasiado a los demás no sirve de mucho si tú no ganas nunca.
El Espanyol ya no puede vivir solo del colchón
La clasificación todavía le da aire al Espanyol, pero el aire cada vez entra peor. El equipo sigue con margen, pero la sensación es que se ha metido en una película que nadie esperaba hace unos meses. De soñar con Europa a mirar el descenso de reojo. De sentirse sólido a sufrir cada balón dividido. De tener una primera vuelta ilusionante a no ganar ni un partido en 2026. El colchón existe, pero no puede ser el único plan. Cabrera insiste en que el vestuario está fuerte y que el equipo dará la cara. Perfecto. Ahora falta verlo en el campo, porque el siguiente partido ya no permite demasiadas lecturas suaves.
Toca ganar, no solo competir
El Espanyol se marcha otra vez con cero puntos, otra vez con la cabeza cargada y otra vez con la obligación de explicar una derrota. Contra el Madrid se podía perder, claro. Pero lo que viene ahora ya no se puede envolver en contexto. En Sevilla no bastará con aguantar un rato ni con decir que el rival fue mejor. El Espanyol necesita ganar, o como mínimo competir como si se le fuera la vida, porque realmente se le va media permanencia. Cabrera ha puesto la palabra sobre la mesa: final. Y cuando un capitán habla así, no queda demasiado que añadir.







