El lunes no solo habrá un partido a vida o muerte sobre el césped del RCDE Stadium entre Espanyol y Levante. También habrá un duelo muy potente en los banquillos. De un lado, Manolo González, con el agua al cuello, muy discutido y obligado a levantar a un Espanyol que lleva demasiado tiempo caminando por el alambre. Del otro, Luís Manuel Ferreira de Castro, un técnico que ha conseguido darle la vuelta al ánimo del Levante y que aterriza en Cornellà con otra cara, otra energía y, sobre todo, otra sensación. Uno llega con la mochila llena de dudas; el otro, con el subidón de haber devuelto la fe a los suyos.
Manolo González, cuestionado por la racha y por la imagen del equipo
No hay manera amable de decirlo: el momento de Manolo es muy delicado. El Espanyol afronta esta cita después de casi cuatro meses sin ganar, con solo cinco puntos de los últimos 45 y con la sensación de que aquel equipo reconocible, competitivo y hasta ilusionante de la primera vuelta se ha ido deshaciendo poco a poco. El golpe de Vallecas fue otro ejemplo de todo eso. Fallar un penalti entra dentro del fútbol, perder fuera de casa también puede pasar, pero lo que dejó mal cuerpo fue otra cosa. El equipo volvió a parecer gris, bloqueado, nervioso y demasiado fácil de romper. Y cuando eso se repite tanto, el entrenador siempre acaba señalado.

La derrota ante el Rayo hizo daño también por las imágenes. Las caras de Roberto Fernández y Pere Milla en el banquillo, completamente vencidos. El equipo desordenado sin balón. Dmitrovic queriendo tirar una falta en el minuto 98 en una escena rara, casi desesperada. Todo transmitía colapso. Y ahí, por mucho que Manolo siga diciendo que se siente fuerte y convencido de que sacará esto adelante, es normal que haya una parte del espanyolismo que piense que el técnico ya está superado por la situación.
Luís Castro llega con la flecha hacia arriba y con el Levante creyendo
La foto del Levante es casi la contraria. La llegada de Luís Castro al banquillo granota le ha cambiado bastante la cara al equipo. No hablamos de milagros ni de un Levante ya salvado, porque sigue en la pelea y muy metido en ella, pero sí de una transformación evidente. La victoria ante el Sevilla lo dejó a solo dos puntos de la salvación aunque ahora esa distancia se ha ampliado con el triunfo del Alaves ante el Mallorca, y eso ya habla de una reacción clara. Pero hay un dato que explica todavía mejor el impacto del técnico portugués: si solo contaran los 16 partidos disputados desde que reemplazó a Álvaro del Moral, sustituto a su vez de Julián Calero, el Levante sería séptimo con 22 puntos. O sea, estaría mirando casi más hacia Europa que hacia el barro.

Eso, claro, cambia mucho la previa del lunes. Porque mientras el Espanyol llega desplomado, el Levante aparece con una fe renovada. Mientras Manolo intenta reconstruir confianza, Castro se presenta en Cornellà con la sensación de haber encontrado ya una tecla. No hay nada más peligroso en un partido así que un rival que vuelve a creer.
Dos estados de ánimo completamente opuestos
Ese contraste entre entrenadores seguramente explica mejor que nada el partido que viene. El Espanyol y el Levante no solo llegan diferentes por clasificación o resultados. Llegan distintos por estado mental. Y eso en una final de permanencia pesa muchísimo. Manolo se sienta en el banquillo sabiendo que cualquier error, cualquier cambio mal leído o cualquier nuevo tropiezo le puede dejar en una posición casi insostenible. Luís Castro, en cambio, se sentará con la tranquilidad relativa del que ha conseguido cambiar el tono de su equipo y meterlo de nuevo en la pelea.
No significa eso que el Levante vaya a arrasar ni que el Espanyol esté condenado. Ni mucho menos. Pero sí deja una cosa clara: el lunes habrá un entrenador que llega empujado por la dinámica y otro que llega intentando sobrevivir a ella. Y eso se nota hasta en los pequeños detalles, en el lenguaje corporal, en cómo se habla del partido y en cómo se vive la semana.
Pero cuidado: Manolo sabe lo que es ganar este tipo de “finales”
Ahora bien, y esto también es importante, sería injusto olvidar algo que juega bastante a favor de Manolo González. Por más que hoy esté cuestionado, por más que la racha sea horrible y por más que el entorno tenga dudas lógicas, Manolo ha demostrado ya que sabe moverse en partidos de este tipo. En “finales” entre comillas, pero finales al fin y al cabo. Y eso no se puede borrar de un plumazo porque el presente sea muy feo.

El lunes será la tercera gran final en casa en los últimos tres años con él en el banquillo. Hace dos cursos estuvo aquella final por el ascenso ante el Real Oviedo, que devolvió al Espanyol a Primera. Y el año pasado, también en el RCDE Stadium, el equipo ató la permanencia en otro duelo vital ante la UD Las Palmas. Dos citas de muchísima presión, dos partidos de los que pesan en las piernas y en la cabeza, y dos veces salió cara. Por eso, aunque hoy todo se vea negro, tampoco se puede ignorar que Manolo ya ha sabido agarrar al equipo cuando más temblaba.
La gran pregunta: ¿puede repetirlo una vez más?
Y ahí está el gran misterio del lunes. No tanto si el partido será duro, que eso ya lo sabe todo el mundo. Ni si el Espanyol se juega mucho, porque es evidente. La gran pregunta es si Manolo todavía tiene dentro una última reacción. Si puede volver a ser el entrenador que agarró estas noches límite y las sacó adelante. Si puede convencer otra vez a sus jugadores de que el miedo no manda tanto como parece. Si puede, en resumen, volver a ganar una final.
Porque ahora mismo ese es el contraste más brutal de este duelo en los banquillos: Luís Castro llega queriendo confirmar una reacción; Manolo González llega obligado a provocarla. Uno puede reforzar su figura. El otro se juega directamente seguir siendo el hombre al que agarrarse.
Un lunes decisivo para dos técnicos… y sobre todo para el Espanyol
El fútbol luego hace lo que quiere, claro. A veces el entrenador que parece hundido gana y el que llega mejor se la pega. Pero las sensaciones previas están ahí, son muy distintas y le dan todavía más picante a este Espanyol – Levante. Manolo necesita una victoria por el equipo, por la clasificación, por la afición… y también por sí mismo. Luís Castro quiere demostrar que lo suyo no es un rebote corto, sino una reconstrucción seria.
El lunes, por tanto, no solo se enfrentarán dos equipos metidos en la pelea por salvarse. También chocarán dos técnicos en momentos opuestos, dos maneras de llegar a una final y dos estados de ánimo completamente distintos. Y para el Espanyol, que es lo que de verdad importa, solo hay una salida buena: que Manolo vuelva a ganar otra de esas noches que tanto marcan.






