
Resumen: El Espanyol vive semanas de ruido después de dos derrotas consecutivas y del durísimo partido ante el Elche. Manolo González vuelve a estar discutido, los primeros fichajes de Monchi ya son examinados casi como si hubiese pasado una temporada entera y hasta la nueva propiedad de Alan Pace empieza a recibir comparaciones con la etapa de Chen Yansheng. No se trata de cuestionar la exigencia de una afición que viene de demasiados golpes, sino de intentar entender por qué en el entorno blanquiazul cada vez cuesta más conceder tiempo.
Puntos clave
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- Manolo González vuelve a estar en discusión pese a haber superado ya varias situaciones límite en el Espanyol.
- Monchi empieza a recibir críticas después de únicamente un mercado de fichajes.
- Algunos jugadores incorporados este verano apenas han tenido todavía minutos suficientes para ser evaluados.
- La historia reciente ofrece casos como Luis García o Vicente Moreno cuya salida posteriormente fue revisada desde otra perspectiva.
- Incluso Alan Pace empieza a ser comparado con Chen Yansheng, apenas un año después de que la marcha de Rastar fuese recibida mayoritariamente con satisfacción.
Del debate sobre Manolo a las primeras críticas a Monchi y Alan Pace: el entorno perico vuelve a demostrar que vive cada proyecto a toda velocidad. La historia reciente, sin embargo, está llena de profesionales que salieron cuestionados y que tiempo después fueron vistos con otros ojos.
Una derrota ya no parece una derrota: parece el principio de algo
Hay una sensación bastante curiosa alrededor del Espanyol durante estas últimas semanas. Todo sucede muy rápido. Quizá demasiado.
Hace apenas unas jornadas se hablaba de Roberto Fernández, de Javi Hernández, del nuevo proyecto, de Monchi, del crecimiento social del club y de una plantilla que parecía tener más alternativas. Han bastado dos derrotas y, sobre todo, una noche desastrosa ante el Elche para que prácticamente todo vuelva a ponerse encima de la mesa.
Y sería absurdo negar lo ocurrido. El encuentro ante el Elche fue muy malo. El propio Manolo González lo reconoció sin esconderse: “Hemos hecho el peor partido desde que estoy en el Espanyol y no hay más que decir”. El equipo perdió 1-3 contra un rival que había jugado con diez desde los primeros minutos. Había razones más que suficientes para enfadarse.
El asunto no es ese.
El asunto es cómo se pasa del enfado lógico por un partido horrible a cuestionarlo prácticamente todo en cuestión de horas.
La afición del Espanyol tiene razones para haberse vuelto impaciente
Tampoco sería justo cargar la responsabilidad sobre la grada. La paciencia no desaparece porque sí.
El espanyolismo viene de vivir dos descensos recientes, un ascenso angustioso mediante playoff, temporadas peleando por sobrevivir, proyectos deportivos que duraban meses, directores deportivos que sustituían a otros directores deportivos y entrenadores que llegaban cuando todavía casi no se había borrado el nombre del anterior.
Eso deja huella.
Cuando una afición ha sufrido tantas decepciones, desarrolla una especie de mecanismo de defensa. Quiere detectar el siguiente problema antes de que el problema sea irreversible.
Se entiende.
La cuestión es si ese mecanismo de protección puede acabar provocando justamente lo contrario: que nunca haya tiempo suficiente para descubrir si algo podía funcionar.
Monchi lo expresaba este martes desde otra perspectiva. El director general deportivo reconocía que le había sorprendido la exigencia del espanyolismo: “Me ha sorprendido mucho, para bien, lo exigente que es la afición del Espanyol”. El comentario es interesante porque viene de alguien que ha trabajado durante décadas en un entorno tan intenso como Sevilla.
Manolo González conoce perfectamente esta película
El caso más evidente vuelve a ser Manolo González.
No significa que deba tener crédito infinito. Ningún entrenador lo tiene. Ni tampoco que su trabajo de estas primeras jornadas no pueda criticarse. Puede y debe analizarse.
Pero resulta llamativo comprobar la cantidad de veces que su etapa en el Espanyol ha parecido estar a punto de acabarse.
Ya ocurrió en Segunda. Volvió a ocurrir durante la temporada de la permanencia. Y el curso pasado sobrevivió a otro momento especialmente delicado después del 4-1 de Montilivi. El club decidió entonces mantenerlo y acabó consiguiendo el objetivo.
Ahora vuelve a suceder.
Hay además un dato que explica bastante bien hasta qué punto el banquillo del Espanyol ha vivido instalado en la provisionalidad. Desde la marcha de Mauricio Pochettino en 2012 habían pasado catorce entrenadores y la media rondaba solamente los 35 partidos. Manolo ha conseguido superar los cien.
No demuestra que tenga que continuar siempre.
Demuestra otra cosa: en el Espanyol durar ya se ha convertido casi en una rareza.
Y Monchi ya tiene detractores después de un mercado
Más curioso todavía resulta lo que está pasando con Monchi.
Llegó en mayo.
Ha dirigido un mercado.
Uno.
Y ya aparecen voces que ponen en duda su trabajo, sus fichajes o incluso su encaje dentro del Espanyol.
Es legítimo. Naturalmente. Un director deportivo también debe ser evaluado desde el primer día y algunas decisiones pueden gustar más o menos.
Pero existe un pequeño problema para hacer ahora mismo un juicio definitivo: prácticamente todavía no hemos visto el producto.
Las siete incorporaciones realizadas este verano habían disputado después de siete jornadas solamente el 31,17% de todos los minutos que podían haber acumulado. Gorosabel ni siquiera había debutado por lesión; Bryan Zaragoza, Hartman, Moscardo o Drkušić habían tenido una participación todavía reducida.
Tal vez dentro de unos meses resulte que algunas operaciones fueron equivocadas.
O quizá no.
Eso es precisamente lo que todavía no sabemos.
Luis García: cuando cambiar tampoco solucionó el problema
La historia reciente del Espanyol ofrece ejemplos que deberían servir, como mínimo, para introducir alguna duda antes de dar cualquier sentencia por definitiva.
Luis García fue destituido en noviembre de 2023.
El Espanyol llevaba tres jornadas sin ganar y la propiedad decidió que había que reaccionar. Habían pasado solamente catorce jornadas de Segunda. Llegó Luis Miguel Ramis.
Meses después también tuvo que marcharse Ramis.
El equipo no había mejorado como esperaba el club, el juego generaba todavía más rechazo y finalmente se recurrió a Manolo González para intentar salvar la temporada y buscar el ascenso.
Con el tiempo apareció inevitablemente la pregunta: ¿realmente el problema de aquel Espanyol era Luis García?
Nunca podremos saber qué habría pasado si hubiese continuado. Esa es precisamente la cuestión. En el fútbol muchas veces se cambia buscando una solución inmediata y solamente después descubrimos que aquello que parecía el problema quizá solo era una parte.
Vicente Moreno también parecía agotado
Algo parecido puede aplicarse, con todos los matices necesarios, a Vicente Moreno.
Ascendió al Espanyol después del descenso de 2020 y consiguió la permanencia al año siguiente. Su fútbol generaba críticas, la relación con una parte de la grada estaba desgastada y el club decidió destituirlo antes incluso de terminar aquella temporada.
En su despedida dejó una reflexión significativa: había cumplido los objetivos y consideraba que hacerlo con tanta claridad quizá les había restado valor.
Llegó Diego Martínez con un proyecto que sobre el papel debía representar un salto adelante.
El Espanyol acabó descendiendo.
Eso no convierte automáticamente en equivocada la destitución de Vicente Moreno. El fútbol no funciona mediante una regla tan sencilla. Pero sí recuerda algo importante: lo nuevo no siempre mejora lo anterior simplemente por ser nuevo.
Hasta Pochettino acabó saliendo
Mauricio Pochettino representa otro ejemplo distinto.
Aquí sería injusto hablar de falta de paciencia en sentido estricto, porque llevaba casi cuatro años entrenando al Espanyol. Cuando salió en noviembre de 2012, el equipo era colista con nueve puntos después de trece jornadas. Había argumentos deportivos muy importantes para tomar aquella decisión.
Pero basta comprobar lo que significó después Pochettino en el fútbol europeo para entender otra característica bastante humana del fútbol: el tiempo cambia nuestra valoración de las personas.
Aquella salida que en noviembre de 2012 podía parecer inevitable terminó convirtiéndose con los años en uno de esos grandes “qué habría pasado si…” de la historia reciente del Espanyol.
Ahora incluso aparece Chen en el retrovisor
Y la velocidad con la que cambia la memoria no afecta únicamente a entrenadores o directores deportivos.
También sucede con los propietarios.
La llegada de Chen Yansheng en enero de 2016 provocó una enorme ilusión. En los alrededores del estadio se hablaba de esperanza, supervivencia económica y de un momento histórico para el club.
Con los años ocurrió exactamente lo contrario.
Dos descensos, la falta de inversión y la sensación de abandono provocaron un desgaste gigantesco. En noviembre de 2024 unos 200 aficionados llegaron a concentrarse ante el consulado chino para protestar contra su gestión.
Cuando se anunció la venta a Alan Pace, el cambio fue recibido en términos generales como el final de una etapa agotada.
Y, sin embargo, basta escuchar determinadas conversaciones o leer algunas reacciones del entorno para comprobar que Chen empieza incluso a aparecer en algunas comparaciones favorables con la nueva propiedad.
No ha pasado tanto tiempo.
Es casi el mismo fenómeno que se produjo años atrás en sentido inverso. Cuando llegó Chen también hubo un momento en que determinados sectores comenzaron a reivindicar aspectos de la etapa de Dani Sánchez Llibre que durante su presidencia habían recibido críticas durísimas.
La memoria futbolística tiene estas cosas.
El anterior empieza a parecer mejor cuando conocemos los defectos del siguiente.
Pace tampoco puede cumplir diez años de expectativas en uno
Eso lleva directamente a Alan Pace.
La compraventa del club quedó definitivamente sellada el 9 de octubre de 2025. Es decir, la nueva propiedad todavía no ha completado ni siquiera su primera temporada entera con el control efectivo del Espanyol.
Se le puede exigir.
Por supuesto.
Se pueden cuestionar determinadas decisiones, la financiación del proyecto, la búsqueda de patrocinadores, el mercado o el camino escogido.
Pero evaluar ya todo el proyecto VSP como un éxito o un fracaso parece complicado porque sencillamente todavía faltan datos.
Con Pace sucede además algo que explica parte de esa impaciencia: las expectativas han crecido muchísimo.
Después de años escuchando que apenas había recursos, la llegada de un nuevo propietario, Monchi y varios fichajes conocidos provocó que una parte del espanyolismo cambiase rápidamente el nivel de exigencia.
Y cuando suben las expectativas también disminuye el margen para equivocarse.
Quizá el Espanyol no tenga un problema de paciencia, sino de miedo
Puede que al final ni siquiera estemos hablando realmente de impaciencia.
Quizá sea miedo.
Miedo a otro descenso.
Miedo a otra planificación equivocada.
Miedo a volver a creer en un proyecto que termine decepcionando.
Miedo a descubrir dentro de seis meses que aquello que ya parecía sospechoso en septiembre efectivamente era un problema.
Después de los últimos años resulta bastante comprensible.
El exdirector deportivo Ángel Gómez llegó a definir en 2020 al Espanyol como un club “algo autodestructivo por naturaleza”. Era su opinión después de haber vivido por dentro uno de esos periodos convulsos del club.
Probablemente la palabra sea demasiado dura.
Pero invita a pensar.
Porque quizá uno de los grandes retos del nuevo Espanyol no sea solamente fichar mejores jugadores, aumentar ingresos o volver algún día a Europa.
También será construir suficiente estabilidad para que cada derrota no obligue a empezar otra vez desde cero.
Manolo tendrá que demostrar que puede corregir al equipo. Monchi deberá demostrar que sus fichajes funcionan. Pace tendrá que demostrar que su proyecto hace crecer al Espanyol.
Todos deben responder.
Pero para poder responder también necesitan algo que en el fútbol moderno se ha convertido casi en un lujo.
Tiempo.
No paciencia infinita. No cheques en blanco. No mirar hacia otro lado cuando las cosas se hacen mal.
Simplemente tiempo suficiente para saber realmente si algo funciona antes de decidir que ya ha fracasado.


















