¡EUREKA!
Buscaba Arquímedes como calcular el volumen de un objeto con forma irregular y gritó ‘eureka’, al descubrir la fórmula al sumergirse en el agua y ver como ascendía. Porque encontrar la solución a aquello que te atormenta es un alivio que une a un sabio griego de hace siglos con nosotros mismos, cuando se vence un partido tras 18 jornadas.
Como si hubiese sufrido una actualización, Dmitrovic paró dos y devolvió el cero a una portería que lo echaba de menos; los nervios de Omar deberían pasar a mejor vida tras esta victoria, Riedel, encargado de la salida de balón por dentro y con un lenguaje corporal frío en la tensión que se respiraba. Cabrera estableció un perímetro infranqueable y Romero, algo justo de fuerzas, arregló la faena con buenos detalles.
La supervivencia empezaba en un Urko activo hasta reventar, con Pol notable en el primer toque y errático en las conducciones. El pie privilegiado de Expósito fluía con soltura en el laberinto del mediocampo vasco.
Roca puso la novedad y parte del cambio que se pedía para no repetir lo mismo, Rubén llegaba con solvencia, pero no acertaba en los centros y lo de Roberto, a punto de repetir el gol del año pasado a Unai, fue el trabajo sucio de desgaste y presión.
Los cambios, esta vez si, cambiaron el destino cuando el temor ya era un buitre que sobrevolaba el estadio: Jofre con la consigna de hacer recular al rival hizo su mejor acción defendiendo en área propia, Milla marcó en un remate de calidad absoluta y alma de nueve, Terrats asistió de cabeza sutilmente para la sentencia de Kike en un mano a mano que llevaba la tranquilidad y los corazones de 30.000 almas sobre su espalda. Pickel cerró los relevos de modo testimonial.
Pasaron tantas cosas desde la última victoria en el año pasado que enumerarlas ahora exigiria otra crónica. Nos hemos discutido y hasta dividido tras una racha que no se sostenía. No hay nada más selectivo que la memoria ni mejor antídoto que la hemeroteca. Todo es mas bonito cuando ganas. Que paz. Que desahogo. Que tranquilidad. Hasta que llegue el domingo. El Sadar.
Juan José Caseiro







