Este domingo se cumplen 20 años de la última gran alegría del espanyolismo. Veinte. Se dice rápido, pero pesa. El 12 de abril de 2006, el RCD Espanyol levantó su cuarta Copa del Rey en el Santiago Bernabéu tras ganar 4-1 al Zaragoza. Aquella noche tuvo de todo: el gol de Tamudo casi al salir del vestuario, la sensación de que el equipo iba a por algo serio, la grada perica convertida en una fiesta y una plantilla que todavía hoy sigue saliendo sola de memoria.

Tamudo, Luis García, De la Peña, Dani Jarque, Kameni… nombres que no eran solo futbolistas, eran algo más. Eran referentes, eran identidad, eran un equipo al que se le veía alma.
Una noche que parecía abrir un camino… y al final fue casi una excepción
Aquel Espanyol de Miguel Ángel Lotina llegó a la final sin tanto ruido como su rival, pero la jugó como si llevara toda la vida preparándose para eso. El Zaragoza parecía favorito por plantilla, por nombres y por recorrido. Había eliminado a Atlético, Barça y Madrid, casi nada. Pero el Espanyol golpeó primero con ese gol de Tamudo en el minuto uno, y a partir de ahí se soltó. Luis García hizo dos, Coro cerró la noche y el Bernabéu se tiñó de blanco y azul como pocas veces se ha visto. Padres, hijos, gente que había esperado años por algo así. Fue una noche de club grande. O, mejor dicho, de club que quiso ser grande y lo pareció de verdad.
Desde entonces, demasiado poco para una afición que ha tragado mucho
Y ahí está el problema. Que han pasado dos décadas desde aquello. Dos décadas en las que, salvo el camino hasta la final de la Copa de la UEFA de 2007, el espanyolismo ha tenido muy pocas noches que de verdad se parezcan a aquella. Ha habido permanencias agónicas -ese mismo año, meses después, el equipo se salvó del descenso sobre la campana gracias al gol de Coro ante la Real., algún derbi para el recuerdo, ascensos, alivios, pequeños chispazos. Pero alegrías grandes, de las que te marcan una generación, muy pocas o ninguna. Demasiado poco para una afición que ha seguido estando, incluso cuando el club se ha empeñado en ponérselo difícil.
Hay una generación entera que no ha visto ganar nada al Espanyol
Ese es el punto más duro de todo esto. Que hoy hay chavales pericos que escuchan hablar de la Copa de 2006 como si les hablaran de una película antigua. La conocen por vídeos, por fotos, por historias que cuentan sus padres o sus abuelos. No la han vivido. No han sentido lo que es ver al Espanyol levantar un título. Y eso, para un club con la historia, la masa social y el sentimiento del Espanyol, es muy doloroso. Porque una afición puede soportar muchas cosas, pero no debería acostumbrarse a que ganar sea siempre cosa de otros.

Alan Pace y la obligación de convertir la promesa en hechos
Por eso este aniversario también sirve para mirar al presente. O, mejor dicho, al futuro. El nuevo proyecto de Alan Pace ha llegado cargado de promesas, de discursos ambiciosos y de esa idea de meter al Espanyol en el top-6 de LaLiga en cinco años. Pese a que ahora mismo el espanyolismo no esta para fiestas ese discurso suena bien. Ojalá salga. Pero la afición perica ya ha escuchado antes palabras grandilocuentes que luego se quedaron en nada. Chen Yansheng también habló de hacer un Espanyol grande y aquello acabó siendo una decepción enorme. Así que ahora ya no basta con decir. Toca construir. Toca acertar. Toca demostrar que no todo es un simple discurso cargado de buenas intenciones.

El espanyolismo merece volver a celebrar algo grande
La Copa de 2006 no puede ser solo un recuerdo bonito al que agarrarse cada vez que llegan estas fechas. Tiene que ser también un recordatorio de lo que este club sí ha sido capaz de hacer cuando junta talento, ambición y una idea clara. El Espanyol le debe una noche así a su gente. Se la debe a los que estuvieron en el Bernabéu, a los que ya no están, a los que crecieron con Tamudo y De la Peña… y también a todos esos niños pericos que todavía no han visto a su equipo ganar de verdad. Porque veinte años son demasiados y porque ya toca que una nueva generación tenga su propia gran noche que contar.







