Síndrome de Estocolmo
Lo confieso: tengo como nuestro equipo, síndrome de Estocolmo. Me han obligado a acostumbrarme a no ganar en esta racha interminable y soy capaz de empatizar con un conjunto al que le han secuestrado el fútbol de la primera vuelta, con la misma paciencia que soporto la enésima burla del criterio arbitral.
Mi respuesta psicológica al trastorno empieza con Dmitrovic, que aún tuvo que hacer la parada salvadora. Burlaron muy fácil a Omar y casi le pierdo el afecto que le tengo cuando no sabía a quién sacar de banda. El cómputo defensivo no puede penalizar a Riddle que defendió bien hacia delante, mientras Cabrera tuvo la horma de su zapato en Fede Viñas, que le disputó todo. Romero, al que le esperan otros escenarios, uno de los tres que mejor jugó por dentro.
Urko y Pol iban de la mano hasta la amarilla al catalán y el dominio del centro del campo se acabó al irse Terrats demasiado pronto, después de todas sus buenas ideas, entre ellas la de asociarse jugando por dentro
Dolan tiró esta vez hacia delante sin acabar de irse por completo y Ngonge, escaso en ganas de defender, pudo haber mostrado más esa zurda que se le enredaba. Súmenle a Kike que siga en estado de gracia y una celebración del gol a la antigua usanza.
Los cambios venían a rebufo de los suyos y solo Calero mantuvo el nivel del sustituido. Roberto ya peleaba sin la compañía del agotado señor Garcia, un Jofre extraviado y las nubes de algodón de azúcar que puso Milla en el balón parado, cerraron los movimientos desde el banco.
Decía arriba que si, que padezco el síndrome, porque el vínculo afectivo hacia el Espanyol está ahí y la desazón en partidos de este tipo ya es algo histórico. Activo el mecanismo de supervivencia creyendo que, a punto de igualar aquella racha de Rubi, quizá al final suene la flauta. Aún estamos a tiempo de salir del zulo. Aunque a estas horas, parece un milagro. Mallorca resolverá la incógnita.
Juan José Caseiro






